viernes, marzo 20, 2026
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La Casa de los Perros | El agua que llegó tarde

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

La calle espera. No con paciencia, sino con resignación. Tuberías recién abiertas rompen la tierra dura de la avenida San Antonio de Padua, en la colonia El Orito, mientras los vecinos miran como quien asiste a una ceremonia tardía: el día en que, por fin, el agua decide aparecer en un lugar donde siempre debió estar.

Durante más de tres décadas, esa avenida fue una anomalía. No en los mapas —ahí siempre existió—, sino en la vida cotidiana. Familias enteras crecieron cargando cubetas, comprando pipas, racionando lo indispensable. El agua no era un derecho: era una estrategia. Una rutina de supervivencia que se heredaba, como se heredan los silencios.

El Orito no es un punto aislado. Es uno de los asentamientos más densamente poblados de Zacatecas capital. Pero en esa densidad también se acumulan las ausencias: calles sin terminar, servicios incompletos, promesas que se evaporan antes de tocar el suelo. La avenida San Antonio de Padua fue, durante años, un símbolo discreto de esa desigualdad. Nadie la ocultaba, pero tampoco nadie la resolvía.

El dato es brutal por su sencillez: habitantes con más de 25, incluso 30 años en la zona, sin acceso formal al agua potable. No por accidente. Por omisión. Porque en algún punto, alguien decidió —con firma o con indiferencia— que ese tramo de ciudad podía esperar.

Pero la espera, cuando se organiza, deja de ser pasiva.

Aquí aparece Mariana. No como heroína, sino como detonante. Vecina, insistente, incómoda. De esas personas que entienden que el poder no se concede: se presiona. Coordinó, tocó puertas, convirtió el murmullo en demanda. Y el reclamo, sostenido en el tiempo, terminó por perforar la inercia institucional.

Entonces ocurrió lo previsible: el gobierno respondió.

El compromiso llegó como llegan casi todas las promesas políticas: después de que la presión hace ruido suficiente. La diferencia, esta vez, es que la respuesta se tradujo en obra. No en discurso, no en anuncio, sino en maquinaria, en zanjas, en tubos que comienzan a conectar lo que siempre estuvo desconectado.

La ejecución recae en la Junta Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado de Zacatecas (Jiapaz), bajo la dirección del arquitecto David García. La cifra es modesta, casi tímida: 370 metros lineales de red para beneficiar, en esta primera etapa, a 24 familias. Pero detrás de ese número hay una corrección histórica. Pequeña, sí. Pero concreta.

En el lenguaje oficial, esto se llama “primera etapa”. En el lenguaje de la calle, se llama “por fin”.

Conviene detenerse ahí. Porque en México, y particularmente en estados como Zacatecas, las obras básicas suelen narrarse como gestas. Se inauguran como si fueran conquistas extraordinarias, cuando en realidad son obligaciones mínimas. El acceso al agua potable no es una concesión del poder: es un derecho reconocido. Y, sin embargo, su ausencia prolongada rara vez genera escándalo proporcional.

Esa es la paradoja: lo urgente se normaliza; lo básico se posterga; lo esencial se administra con lógica de privilegio.

En medio de esa lógica, hay que decirlo con precisión —y sin exageraciones—: hay funcionarios que cumplen. Rodrigo Reyes Mugüerza, secretario general de Gobierno, ha sido quien ha dado la cara, quien ha informado, quien ha acompañado el proceso. No es una hazaña. Es su trabajo. Pero en un entorno donde el silencio suele ser la regla, informar también es una forma de asumir responsabilidad.

No se trata de aplaudir. Se trata de reconocer lo que debería ser habitual.

La obra avanza. Las máquinas seguirán unos días más. Luego vendrá la segunda etapa, prometida ya en el horizonte administrativo. Y después, si todo ocurre como se dice, otras calles, otras colonias, otros rezagos empezarán a entrar en la agenda.

Pero hay algo que no debe perderse de vista: esta historia no empieza con el gobierno. Empieza con ciudadanos que se cansaron de esperar en silencio. Porque cada metro de tubería instalada cuenta también otra historia: la de un Estado que llega tarde. La de una deuda acumulada durante años. La de una ciudad que crece más rápido que su propia justicia.

El agua, al final, no solo corre por las tuberías. También desnuda prioridades. Y cuando tarda décadas en llegar, no es milagro: es evidencia.

Sobre la Firma

Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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