JUAN JOSÉ MONTIEL RICO
El 28 de febrero de 2026 el mundo volvió a mirar con inquietud hacia Medio Oriente. Una ofensiva militar coordinada entre Estados Unidos e Israel bombardeó múltiples objetivos en Irán, incluido el complejo donde se encontraba el líder supremo Alí Jamenei. Su muerte fue confirmada por autoridades iraníes. La operación, que sigue en curso, dejó más de doscientas víctimas y abrió un nuevo capítulo en una rivalidad geopolítica que lleva décadas gestándose.
Para Washington y Tel Aviv, el ataque fue un acto de defensa estratégica. Un golpe preventivo contra un régimen acusado de financiar milicias regionales y desarrollar capacidades militares que ponen en riesgo el equilibrio de poder en Medio Oriente.
La desconfianza entre Irán y Occidente no comenzó con la revolución islámica. Su antecedente más importante se remonta a 1951, cuando el primer ministro Mohammad Mossadegh decidió nacionalizar la industria petrolera iraní, hasta entonces dominada por intereses británicos.
Aquella decisión fue celebrada en la región y el Sur Global como un gesto de soberanía económica. Pero dos años después, en 1953, una operación encubierta organizada por la CIA y el servicio secreto británico derrocó a Mossadegh y reinstaló al Sha Mohammad Reza Pahlavi, un monarca alineado con Occidente. Para muchos iraníes, ese episodio quedó grabado como una forma temprana de intervención imperial.
En 1979 una revolución popular derrocó al Sha y dio origen a la República Islámica encabezada por el ayatolá Jomeini. En aquella revolución participaron estudiantes, movimientos de izquierda, nacionalistas y sectores religiosos. Pero el nuevo régimen terminó consolidándose como un sistema teocrático donde el poder real quedó en manos del clero chiita.
Poco después vendría la devastadora guerra entre Irán e Irak (1980–1988), uno de los conflictos más sangrientos del siglo XX, que dejó cerca de un millón de muertos y consolidó una cultura marcada por el nacionalismo, el sacrificio y la resistencia frente a potencias externas. Tras la muerte de Jomeini en 1989, el liderazgo pasó a Alí Jamenei, quien gobernó Irán como líder supremo durante más de tres décadas.
Su régimen combinó elecciones controladas con una estructura clerical que limita profundamente las libertades políticas. La represión de protestas, las restricciones a los derechos de las mujeres y el control ideológico del Estado han sido rasgos persistentes del sistema iraní. Reconocer ese carácter autoritario no debería ser difícil para nadie.
Desde la perspectiva del realismo en relaciones internacionales —tradición de autores como Hans Morgenthau o Mearsheimer— los Estados actúan principalmente para preservar su seguridad. En ese marco, Israel considera que un Irán fuerte o con capacidad nuclear sería una amenaza existencial, mientras Estados Unidos busca evitar que un pís hostil domine el Golfo Pérsico.
Desde esa lógica, el ataque aparece como una operación destinada a preservar el equilibrio de poder regional. Pero aceptar esa explicación no equivale a justificarla.
La ofensiva también plantea una pregunta incómoda para el orden internacional contemporáneo: ¿pueden las grandes potencias decidir unilateralmente cuándo intervenir militarmente en otro país?
El filósofo político Michael Walzer señala que incluso las guerras consideradas “justas” deben cumplir condiciones muy estrictas de legitimidad. Y la literatura internacionalista de izquierda dejan claro que el discurso de la seguridad y la democracia ha servido para justificar intervenciones destinadas a preservar el intereses estratégico del imperio.
Irak en 2003, Libia en 2011 o los reiterados intentos de forzar un cambio de régimen en Venezuela durante el gobierno de Nicolás Maduro. En todos esos casos, la retórica de la libertad convivió con estrategias de presión económica, diplomática o militar destinadas a debilitar gobiernos incómodos para Occidente.
Aquí aparece la paradoja que muchos prefieren ignorar. El régimen iraní es autoritario, clerical y profundamente conservador. Limita libertades y reprime disidencias. Pero al mismo tiempo, la ofensiva encabezada por Estados Unidos e Israel revive la tradición colonialista e imperial. La idea de que las grandes potencias pueden decidir, desde fuera, el destino político de otras naciones.
Es insalvable la crítica al régimen iraní. Pero también cuestionar la ilusión de que las armas y los soldados son emisarias de la democracia.
Entre cruzadas militares y gobiernos autoritarios, el mundo se vuelve a enfrentar al dilema entre la imposición de la fuerza o el respeto a la soberanía de los pueblos. Porque cuando las potencias hablan de liberar naciones a punta de misiles, la historia nos recuerda que estas cruzadas modernas rara vez terminan en libertad y casi siempre dejan un nuevo desierto político a su paso.
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Estratega político entre gobiernos, campañas y narrativas.
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