RAFAEL CANDELAS SALINAS
Hay palabras que uno no vuelve a pronunciar durante décadas. Palabras que se quedan guardadas en la memoria como un mueble viejo en la casa de la abuela, ahí están, pero ya no se usan. Y de pronto, un día cualquiera, vuelven a aparecer.
Sarampión es una de ellas.
Cuando yo era niño, el sarampión no era una rareza ni una noticia internacional. Era parte de la cotidianidad. Era una enfermedad común en la primaria, lo mismo que la varicela. Y en aquella época incluso se escuchaba hablar de la viruela como si todavía rondara por ahí, como un fantasma de generaciones anteriores.
Recuerdo que, cuando empezaba febrero, el tema regresaba. Así como había la “temporada de las canicas”, la del “parque, liga o ligazo”, la del “yoyo” o la del “trompo”, también había la “temporada del sarampión”. Uno se enteraba por la mamá, por el maestro o por el rumor en el salón:
—A fulanito ya le dio; a zutanito también; ya se contagió medio salón.
Y así, sin dramatismos, sin mañaneras, sin campañas publicitarias, sin un doctor Gatell, la “contagiadera” andaba por todos lados y la comezón parecía interminable. No era algo bonito, por supuesto, pero era conocido. Y lo conocido, por extraño que parezca, se vuelve menos temible.
Con los años, el sarampión se fue. No porque se cansara o se extinguiera solo. Se fue porque el gobierno de México implementó campañas de vacunación intensas, sostenidas, masivas. Aún recuerdo que -estando, jugando futbol en la Plazuela del Patrocinio- salíamos corriendo a escondernos al ver a las enfermeras del sector salud tocando en las casas para vacunar a los niños. Porque entonces se entendía la salud pública no como discurso sino como estrategia.
Años después —ya siendo joven adulto— se nos dijo que México era un país libre de sarampión. Y uno, como ciudadano común, se lo creyó. Porque tenía sentido. ¿Quién iba a imaginar que, décadas después, esa palabra volvería a estar en el vocabulario nacional?
Hoy el sarampión ha vuelto. Y no ha vuelto como una anécdota de nostalgia, ni como un caso aislado que se resuelve con un comunicado. Ha vuelto como lo que siempre fue, una enfermedad altamente contagiosa que puede convertirse rápidamente en un problema nacional si se le subestima.
Los datos recientes hablan de miles de casos confirmados en el país, con presencia en múltiples entidades, y lo más grave, con muertes registradas. Eso es lo verdaderamente escandaloso. Porque el sarampión no es una enfermedad “nueva”. No es un virus desconocido. No es una pandemia sorpresa. Es un enemigo viejo. Un enemigo estudiado. Un enemigo, además, con vacuna.
Y por eso su regreso no se siente como mala suerte sino como negligencia. No soy médico, pero no se necesita serlo para entender una cosa elemental, que cuando un país deja de vacunar, las enfermedades regresan. Así de simple.
Y aquí hay que decirlo con claridad, el deterioro del sistema de salud en México durante el sexenio de López Obrador no fue una exageración mediática ni tampoco un “ataque conservador”. Fue una realidad tangible, cotidiana, documentada por millones de personas que no encontraron medicamentos, vacunas, tratamientos ni atención oportuna.
Fueron seis años en los que se normalizó el desabasto, la improvisación, la soberbia institucional, la destrucción de programas que funcionaban, y esa peligrosa idea de que la salud se podía administrar con propaganda. El resultado está aquí, en 2026, tocando la puerta. Y no solo con sarampión, sino con el recordatorio brutal de que la salud pública es una construcción frágil que toma décadas levantarla y basta un sexenio para dañarla.
A nosotros, los mayores, probablemente no nos quite el sueño. La mayoría ya tuvo contacto con el virus en la infancia o recibió vacunas en épocas donde sí se vacunaba. Pero quienes sí preocupan —y mucho— son quienes deberían ser prioridad absoluta: los niños. Los más pequeños. Los que todavía no completan esquemas. Los que dependen de que el Estado funcione.
Preocupan también los jóvenes y los adultos que no tienen esquema completo, a quienes por rezago o por descuido quedaron fuera del escudo colectivo. Porque el sarampión tiene una particularidad que lo vuelve peligrosísimo: se contagia con una facilidad brutal.
Lo más inquietante para nosotros es que Zacatecas ya aparece en el radar. Ya se han reportado casos en el estado y, aunque todavía no estemos en una crisis, el simple hecho de que el sarampión esté de regreso en nuestro entorno debería bastar para encender todas las alertas.
Espero sinceramente que este tema se atienda con diligencia y prontitud, que no vayan a salir con que es politiquería o un complot de la derecha internacional. No. Vacunarse no es ideología. Vacunarse es responsabilidad. Vacunarse es sentido común. Vacunarse es un acto básico de civilización y por ello todos debemos hacer lo que nos corresponde.
Que los padres revisen esquemas, que los jóvenes se informen, que quienes no tengan certeza acudan al centro de salud, que se aprovechen las campañas disponibles, que dejemos de actuar como si la prevención fuera opcional, y que el gobierno haga lo que debió hacer desde hace años: vacunar, informar, vigilar, actuar rápido, y no esperar a que el problema se convierta en tragedia.
La lección es simple y dolorosa; el sarampión no volvió porque sí. Volvió porque se bajaron los brazos. Volvió porque se abandonó lo que funcionaba. Volvió porque en México se destruyó capacidad institucional en nombre de una supuesta “transformación”. Y hoy, el costo lo pagan —como siempre— los ciudadanos, especialmente los más vulnerables.
Ojalá reaccionemos a tiempo. Porque el sarampión no es una tragedia inevitable, es un fracaso prevenible. Y si termina desbordándonos, no será culpa del virus, sino de un Estado que prefirió dar dinero que brindar salud. Y un país que permite regresar enfermedades que ya había vencido no está otorgando bienestar ni mucho menos progreso; es un país que en lugar de transformarse, está retrocediendo.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
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Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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