TANIA LIBERTAD SÁNCHEZ ROMERO
Las escuelas, como instituciones formadoras, enfrentan hoy el desafío ineludible de intensificar su compromiso con el cuidado de la salud física y mental de las y los jóvenes.
Las problemáticas que atraviesa el estudiantado —ansiedad, depresión, consumo de sustancias, trastornos alimentarios, violencias o desregulación emocional— no pueden comprenderse desde explicaciones simplistas, pues obedecen a un entramado multifactorial donde convergen condiciones familiares, socioeconómicas, culturales, digitales y escolares.
En este sentido, coincido con Bisquerra (2020) al señalar que la educación emocional no es un complemento, sino una necesidad estructural para el desarrollo integral.
Desde la pedagogía psicológica, autores como Coll (2019) advierten que el aprendizaje está profundamente mediado por variables afectivas y contextuales; es decir, no hay desarrollo cognitivo pleno sin bienestar emocional. Por ello, pretender que la escuela se limite exclusivamente a la transmisión de contenidos disciplinares implica desconocer la complejidad del sujeto que aprende.
A su vez, Hargreaves (2021) subraya que los sistemas educativos contemporáneos deben transitar hacia modelos de “bienestar educativo”, donde la salud mental sea condición y no consecuencia del aprendizaje.
Ahora bien, reconocer esta realidad no significa adjudicar al profesorado funciones terapéuticas que no le corresponden. Como plantea Trianes (2020), el rol docente no es clínico, pero sí orientador y preventivo.
No se trata de “resolver la vida” del estudiantado, sino de generar condiciones de escucha, canalización y acompañamiento pedagógico que les permitan elaborar aquello que les preocupa.
La escuela puede —y debe— constituirse en un espacio seguro donde la palabra circule, donde se legitimen las emociones y donde existan rutas claras de atención institucional.
Asimismo, la pedagogía del cuidado propuesta por Noddings (2018) recuerda que educar implica una relación ética basada en la atención genuina al otro.
Cuando el estudiantado percibe que su bienestar importa, se fortalece el vínculo pedagógico y se favorecen los aprendizajes.
El carácter multifactorial de los malestares juveniles exige respuestas corresponsables.
Las escuelas y el profesorado no podemos permanecer ajenos: nos corresponde orientar, acompañar y articular apoyos para que nuestras y nuestros jóvenes encuentren herramientas que les permitan transitar, con mayor sostén, aquello que les acongoja.
Sobre la Firma
Médica y académica, actualmente dirige la Unidad Académica Preparatoria de la UAZ
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