CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
El último estudio realizado por la consultora Massive Caller, este 29 de enero, revela no sólo una intención de voto, sino la soledad técnica de nuestro tiempo. Mediante la técnica de “robot” —una voz artificial lanzada al vacío de mil hogares— se intentó capturar la esencia de la voluntad popular.
El resultado es un espejo del absurdo: una tasa de rechazo del 95%. De cada cien hombres y mujeres que escucharon el timbre de su teléfono, noventa y cinco prefirieron el silencio, dejando que el restante 5% —una muestra de mil encuestas con un margen de error de +/- 3.4% y un nivel de confianza del 95%— hablara por la totalidad de una población que parece observar su futuro con una mezcla de cansancio y distancia.
La estadística, ese intento humano de dar orden al caos, nos arroja un panorama de rigidez. Morena se erige como un monolito con el 37.9% de las preferencias, distanciándose por 19.2 puntos porcentuales de su perseguidor más cercano. Es una hegemonía que parece ignorar el paso de los meses, una inercia que se impone sobre la posibilidad del cambio.
Detrás, en la penumbra de la competencia, el PRI se aferra a un 18.7%, mientras el PAN, en una lucha casi mimética, registra un 16.3%. La suma de ambos, un 35%, apenas alcanzaría a rozar la base del oficialismo, recordándonos que, en la aritmética política, la unión es a veces solo un intento desesperado por postergar lo inevitable.
Sin embargo, el individuo late bajo el porcentaje. En la coalición dominante, el nombre de Ulises Mejía Haro lidera con un 30.0%, pero camina sobre un terreno fragmentado donde José Narro Céspedes (15.7%) y Verónica Díaz Robles (12.1%) representan la tensión de una unidad que aún no es tal.
Lo más revelador no es quién lidera, sino el vacío: un 17.9% de indecisos dentro de la propia interna oficialista, una cifra superior al 13.5% de indecisión general.
Hay algo profundamente humano en ese grupo de personas que, aun sabiéndose ganadores bajo una marca, no logran encontrar un rostro que les devuelva el sentido.
En las otras orillas, el absurdo se manifiesta en la concentración del deseo. En Movimiento Ciudadano, que ostenta un 11.2% general, la figura de Jorge Álvarez Máynez aparece casi como una certeza absoluta con un 65.3% de las preferencias internas.
En el PAN, Miguel Ángel Varela Pinedo encabeza con un 45.2%, dejando atrás a Noemí Luna Ayala; mientras que, en el PRI, Adolfo Bonilla Gómez asciende al 37.1% frente al 19.4% de Claudia Anaya Mota.
Pero cuidado: el analista lúcido sabe que estos números son espejismos estadísticos. Al reducir la muestra a sólo quienes votan por cada partido, el margen de error se dispara exponencialmente, pues apenas se escucharon las voces de menos de 165 panistas o 115 simpatizantes de MC.
Al final, el tracking histórico nos muestra un mapa que se niega a moverse. Entre la recuperación ligera del oficialismo y el estancamiento de una oposición que compite por un segundo lugar dentro del margen de error, el ciudadano zacatecano parece atrapado en una obra de teatro cuyo final ya ha sido escrito por la costumbre. La política no es aquí una épica, sino una persistencia.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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