viernes, enero 30, 2026
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La Casa de los Perros | El veto y la alianza

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

La política mexicana se parece a una mesa larga, mal iluminada, donde todos dicen brindar por la unidad mientras esconden el cuchillo bajo el mantel. En Zacatecas, esa mesa acaba de crujir.

El 28 de enero de 2026, en la Ciudad de México, Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde firmaron un acuerdo de unidad rumbo a 2027. El documento habla de continuidad, estabilidad, bienestar. Palabras grandes. Pulidas. Pero la política no vive en los documentos: vive en los gestos, en las ausencias, en los vetos pronunciados en voz baja. O en voz muy alta.

Porque este acuerdo nacional, presentado como un blindaje frente a la oposición, tiene beneficiarios concretos en el ámbito local. En Zacatecas, dos nombres emergen con claridad: Geovanna Bañuelos, senadora del PT, y Carlos Puente Salas, diputado federal del PVEM. Ambos son las caras visibles —y negociadoras— de sus partidos en el estado. Ambos saben leer el viento.

Geovanna recorre Zacatecas como quien insiste en tocar una puerta que sabe cerrada. Su trabajo legislativo ha sido reconocido incluso por sus adversarios. Las encuestas la colocan en empate técnico con la carta preferida del gobernador. Además, mantiene una cercanía política evidente con la presidenta Claudia Sheinbaum. En condiciones normales, eso bastaría. Pero Zacatecas no es un territorio de normalidades.

Su obstáculo tiene nombre y apellido: David Monreal Ávila. El gobernador ha dicho, sin rodeos, que hará todo lo posible por impedir que Geovanna acceda a la candidatura. Ha invocado un “derecho de veto” que no aparece en ninguna ley, pero que en la práctica pesa más que cualquier estatuto partidista. En la Cuarta Transformación, el veto no se escribe: se ejerce.

Carlos Puente juega otro juego. No confronta. Espera. Ha sabido construir una relación funcional con el inquilino de La Casa de los Perros. Sabe que, si desde la Ciudad de México se define que el género de la candidatura sea masculino, su nombre aparece como opción viable, incluso cómoda. No genera ruido. No incomoda. En política, eso también cotiza.

La necesidad de Morena por conservar la mayoría de las gubernaturas en 2027 atraviesa todo el acuerdo. Son 17 estados en disputa. Doce de ellos hoy están en manos morenistas. Perderlos sería más que un revés electoral: sería una fisura simbólica en el proyecto de poder. Por eso, Morena no quiere que el PT ni el Verde se vayan por la libre. Está dispuesta a ceder. Lo que haga falta. Candidaturas incluidas.

El discurso oficial habla de unidad absoluta. Luisa María Alcalde lo dijo sin titubeos: no hay fracturas. Pero los hechos cuentan otra historia. El acuerdo se firma en medio de tensiones por la reforma electoral. El PT y el Verde han mostrado resistencia a la reducción del financiamiento público y a la redefinición de las plurinominales. Karen Castrejón, dirigente del Verde, reconoce diferencias. Benjamín Robles, del PT, advierte sobre retrocesos democráticos. Todos sonríen. Nadie pregunta. Nadie responde.

El control de la narrativa fue total. Tras la lectura del documento, las dirigencias se retiraron sin aceptar preguntas. La unidad, cuando se proclama sin permitir repreguntas, suele ser frágil.

A nivel nacional, Alberto Anaya incluso proyecta la alianza hasta 2030. Habla del PT como aliado eterno de la izquierda mexicana. Pero la eternidad, en política, dura lo que dura la utilidad. Basta mirar Oaxaca, donde el PT confronta abiertamente al gobernador morenista Salomón Jara. Unidad arriba, ruptura abajo. El federalismo de las contradicciones.

En Zacatecas, la parábola es clara. Una senadora con respaldo ciudadano y presidencial enfrenta un veto local. Un diputado paciente trabaja pie tierra, pero sin descuidar los acuerdos de pasillo. Morena arbitra no con reglas, sino con necesidades. La equidad de género se menciona. La competitividad electoral se invoca. Pero la decisión final se cocina lejos del territorio y de la gente.

La alianza no resuelve los conflictos: los administra. No elimina los vetos: los legitima. No garantiza democracia interna: garantiza control.

En política, el problema no es que existan acuerdos. El problema es cuando el acuerdo sustituye a la voluntad y el veto suplanta al voto. Entonces la unidad deja de ser proyecto y se convierte en cerrojo.

Y un cerrojo, tarde o temprano, siempre se oxida.

Sobre la Firma

Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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