RAYMUNDO MORENO ROMERO
Lo que está ocurriendo en Estados Unidos no es un tema lejano. Nos duele, nos preocupa y nos involucra aquí en México. Allá viven casi 40 millones de mexicanos y México-americanos, y se calcula que entre 800 mil y un millón son zacatecanos. Personas que trabajan, cuidan de sus familias, construyen un patrimonio con su esfuerzo y sostienen a sus comunidades de este lado del río Bravo.
Bien dicen que geografía es destino y el nuestro es quizá el ejemplo más claro. La estrecha vinculación demográfica, cultural y económica entre México y la unión americana representa una prioridad geopolítica para ambas naciones y la estabilidad global. De ahí que lo ocurrido recientemente en Minnesota prende focos rojos en todas partes. El asesinato de un enfermero de urgencias, treitañero, ciudadano estadounidense, en medio de un operativo relacionado con tensiones migratorias, no puede verse como un hecho aislado. Es un síntoma de algo más profundo: un ambiente donde el uso de la fuerza por parte de autoridades migratorias parece estar cruzando límites que, en una democracia, no deberían cruzarse.
ICE, la agencia migratoria del tío Sam, una institución creada para aplicar la ley en la frontera, hoy es señalada por prácticas que muchos consideramos propias del brazo armado de un aparato político de represión y miedo, más que de una instancia apegada a los derechos humanos y acorde a los parámetros de las democracias liberales. Operativos agresivos, detenciones que generan terror colectivo y que terminan en tragedias irreparables, imágenes que recuerdan regímenes autoritarios y alejan a Estados Unidos del concepto de estado de derecho que marca su propia Constitución.
Aquí el debate no es entre izquierdas y derechas. Es humano y es práctico. ¿Qué significa vivir en una democracia si la gente teme salir a la calle?
¿Qué mensaje se envía cuando alguien que dedicó su vida a salvar otras la pierde en un contexto de tensión con la autoridad?
La vida, la dignidad y el debido proceso no deberían ser negociables. Deberían ser el punto de partida.
Hoy quiero enviar un mensaje claro de solidaridad a nuestros paisanos en Estados Unidos: a quienes trabajan en el campo, en hospitales, en la construcción, en los servicios; a quienes tienen documentos y a quienes no. Su esfuerzo es real. Su aporte es invaluable, aquí y allá. Y su dignidad no se discute, no se pone en tela de juicio.
Esto también es un llamado a que los organismos en México y en Estados Unidos actúen con transparencia y rindan cuentas. El uso de la fuerza debe ser siempre el último recurso y estar sujeto a supervisión. Sin justicia y sin límites claros al poder, la democracia se debilita y la tentación autoritaria cobra fuerza. Esa tentación que cuando se convierte en política pública termina por destruir el andamiaje de libertades que nos costó siglos construir, por aniquilar el concepto de dignidad humana y por depositar todo el poder en unos cuantos, vamos, por instaurar regímenes autoritarios contrarios al concepto de democracia liberal.
Y es que ese es el gran debate, la gran decisión colectiva de nuestro tiempo: ¿queremos ser una nación donde el Estado es todo poderoso y quién manda lo hace con puño de hierro, con autoritarismo, o preferimos ser una democracia liberal, secular, que apuesta por la generación de riqueza en el marco del libre mercado, por ciudadanos libres que son capaces de generar sus ingresos sin depender de nadie, una democracia sustentada en los derechos humanos y las libertades individuales? Les dejo la pregunta al aire porque esa, estoy convencido, debe ser la reflexión fundamental.
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