RAYMUNDO MORENO ROMERO
Mientras que la “izquierda” trasnochada de Morena ayer exigía justicia, hoy guarda silencio. Los mismos que ayer se decían defensores del pueblo, hoy le dan la espalda. Quien ayer acusaba autoritarismo, hoy lo practica con cinismo y en claro desacato a las resoluciones jurisdiccionales.
El gobernador de Zacatecas, David Monreal, ha decidido ignorar sentencias de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y negarse a pagar los aguinaldos que por derecho corresponden a cientos de pensionados que ganaron sus amparos. No piden favores. No piden privilegios. Piden lo que la ley ya les reconoció. Y, aún así, el gobierno estatal prefiere desafiar al máximo tribunal del país antes que cumplir.
Ese gesto no es administrativo, es político, y es profundamente revelador, porque cuando una autoridad desacata a la Suprema Corte, no solo desobedece una resolución, sino que desdeña al Estado de derecho. Y cuando ese desacato se dirige contra adultos mayores, jubilados y pensionados, lo que se exhibe no es austeridad, es indiferencia.
Pero la incoherencia no termina ahí: Soledad Luévano, la misma que en su etapa de oposición impulsaba con entusiasmo los amparos contra impuestos como la tenencia vehicular, hoy parece haber extraviado su propia memoria política. Los amparos que ayer promovía como bandera de justicia fiscal, hoy los observa desde el poder como estorbos incómodos. Antes alentaba la resistencia legal, hoy evita incluso dar la cara.
Así funciona la metamorfosis del discurso cuando la ambición se cruza con el poder. La “izquierda” que como oposición denunciaba abusos, hoy los normaliza y se victimiza si es señalada por ello.
La “izquierda” que antes defendía al ciudadano frente al gobierno, hoy defiende al gobierno frente al ciudadano.
La que exigía respeto a la ley, hoy la administra de acuerdo a sus intereses inconfesables.
No se trata de ideología, se trata de incongruencia, porque no hay mayor traición política que traicionarse a sí mismo.
Hoy Zacatecas no enfrenta únicamente un problema de presupuesto, enfrenta un problema de principios, de cinismo, de indiferencia, de corrupción y de malos gobiernos. Porque, irónicamente, “los malos gobernantes del pasado” sí cumplían.
Y la “izquierda buena y cercana al pueblo”, que tanto se rasgó las vestiduras por décadas hablando de justicia social, hoy sale y se deslinda de una obligación jurisdiccional en una entrevista simplona.
No cabe duda de que, cuando los principios se negocian, la izquierda deja de ser izquierda, el gobierno deja de ser gobierno y la democracia se convierte en discurso vacío.
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