RAFAEL CANDELAS SALINAS
En México hay temas que se pronuncian en voz baja, como si nombrarlos fuera una herejía. Uno de ellos es la posibilidad -remota- de una intervención extranjera en nuestro país.
La explicación cómoda que ha encontrado el gobierno es culpar a la oposición. Según la presidenta, quienes no piensan como ella son traidores a la patria, conspiradores profesionales, aprendices de vendepatrias que sueñan con ver tropas extranjeras en territorio nacional. La narrativa es útil, simple, emocional, polarizante. Pero profundamente falsa.
Porque no se trata de qué quiere la oposición, sino de qué está haciendo el gobierno para convertir a México en un país visto desde fuera como un riesgo, como un Estado frágil, capturado y poco confiable.
Y en el centro de esa respuesta está una sola persona: Claudia Sheinbaum, la presidenta que gobierna atrapada entre dos flancos que tiran de ella con fuerzas opuestas.
De un lado, Donald Trump -o, más ampliamente, Estados Unidos- que exige resultados reales, medibles y verificables contra el narcotráfico, el fentanilo, los cárteles y las redes financieras criminales. No discursos. No excusas históricas. No abrazos. Resultados.
Del otro lado, Andrés Manuel López Obrador, su antecesor, su tutor político, su sombra permanente, que le exige exactamente lo contrario, protección a su círculo, silencio sobre los excesos de su sexenio, continuidad y tolerancia de sus “pactos” en nombre de la estabilidad.
Mientras Trump le exige romper con el narco. AMLO le exige no tocar a los suyos. Mientras Trump le pide Estado de derecho. AMLO le pide lealtad personal. Mientras Trump quiere cabezas. AMLO quiere impunidad. ¿A quién le va a hacer caso? ¿Hacia dónde se va a inclinar? Ese es el dilema central que marcará su presidencia.
Por lo pronto ha decidido ir más lejos que su antecesor en el discurso. Mientras López Obrador llamaba a la oposición “conservadora”, “fifí”, “corrupta”. Ella los llama directamente traidores de la patria. No adversarios: enemigos. No críticos: saboteadores. Lejos ha quedado aquella imagen de los primeros días de su gobierno donde se veía a una presidenta prudente, sonriente, conciliadora, con oficio.
Pero esa modificación del lenguaje verbal y corporal no es casual. Es síntoma de la presión y le sirve para justificar lo que viene, una reforma electoral hecha desde el poder para conservar el poder, para blindar al régimen frente a una sociedad cada vez más cansada, más desconfiada, crítica y consciente de la situación actual del país.
Porque mientras en Palacio se grita “soberanía”, en el mundo tienen otros datos: Un país donde el narcotráfico controla territorios completos; donde las Fuerzas Armadas administran aeropuertos, puertos, trenes, hoteles y aduanas, sin transparencia real; donde se desmantelan órganos autónomos; donde el Poder Judicial es atacado por no obedecer; donde la corrupción del sexenio pasado no solo no se investiga, sino que se protege.
Y eso, contrario a lo que dice la presidenta, no lo inventa la oposición. Eso se ve desde Washington, desde Bruselas, desde los mercados financieros, desde las agencias de seguridad internacional. Los países no se convierten en “riesgo para la seguridad nacional” por culpa de los críticos. Se convierten en riesgo cuando su propio gobierno debilita sus instituciones y normaliza la ilegalidad.
Ahí está el verdadero origen del problema.
Por eso el debate sobre una eventual intervención extranjera está completamente mal planteado. No es una conspiración opositora. Es una consecuencia potencial de decisiones políticas concretas, acumuladas durante siete años.
Y ahora, todas esas decisiones desembocan en Claudia Sheinbaum. No en el pasado. No en la oposición. En ella, la primera presidenta de México que, a escasos 15 meses de gobierno enfrenta la mayor disyuntiva de su administración, por lo que tendrá que decidir muy pronto, cual de los dos caminos elegir.
Uno: obedecer a López Obrador, proteger a sus incondicionales, mantener intacto el pacto de impunidad, conservar el discurso nacionalista y seguir negando la realidad. Ese camino ofrece tranquilidad interna, pero conduce al aislamiento internacional, a sanciones, a presiones crecientes y a escenarios cada vez más peligrosos.
El otro: romper con su mentor, tocar intereses, abrir expedientes, limpiar instituciones, regresar a los militares a sus funciones constitucionales, reconstruir contrapesos y asumir el costo de gobernar de verdad. Ese camino duele, divide, cuesta, pero salva al Estado.
Porque la historia no la recordará por cuántas mañaneras dio, ni por cuántas veces acusó a la oposición de traidores y carroñeros. La recordará por a quién decidió obedecer cuando tuvo que elegir. Si eligió al país… o a su antecesor.
Señora presidenta:
La soberanía no se defiende con discursos ni con insultos. Se defiende con instituciones fuertes, con la aplicación de la ley, con autoridad moral y con valor político. Y eso, hoy por hoy, depende únicamente de Usted.
Nos leemos el próximo miércoles, con más del Dedo en la Llaga.
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Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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