CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Hay una imagen que debería perseguir a cualquier gobierno: un alcalde esperando durante más de tres horas afuera de un cuartel para entregar una carta. No era una invitación, ni una carpeta de promoción, ni una fotografía. Era una petición de auxilio.
Juan Manuel Zambrano, presidente municipal de Ojocaliente, llegó a la 11.ª Zona Militar con un propósito elemental: hablar con la presidenta de México sobre las familias cuyas casas quedaron dañadas, sobre la comandancia que fue atacada y sobre la seguridad de un municipio que acaba de conocer, de frente, la dimensión de la violencia criminal.
Esperó. No entró. No hubo una reunión institucional. Al final, tuvo que aguardar la salida del convoy presidencial y detenerlo para entregar un sobre amarillo.
Claudia Sheinbaum sí escuchó a Zambrano. Durante unos segundos. Recibió la carta. Después siguió su camino. Eso ocurrió en Guadalupe, en las instalaciones militares donde ofreció su conferencia matutina.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿a qué vino Claudia Sheinbaum a Zacatecas?
La visita a Zacatecas tampoco fue un acto aislado. Claudia Sheinbaum recorre distintos estados del país como parte de la gira “Honestidad y Resultados”, con la que lleva la glosa de su Segundo Informe de Gobierno a las entidades.
Zacatecas fue una de las primeras paradas de ese recorrido, en un momento en que la sucesión de 2027 ya empieza a dibujar sus propias sombras y en el que la seguridad ocupa un lugar central en el discurso presidencial.
Aquí, además, había un hecho que no admitía discursos de lejos: un coche bomba con aproximadamente 200 kilos de explosivos estalló frente a una comandancia municipal y 11 personas habían resultado lesionadas. El escenario estaba puesto. Faltó que la presidenta caminara hasta donde estaba la herida.
Porque si el motivo central de la visita era hablar del coche bomba que explotó el 30 de agosto frente a la comandancia de Ojocaliente, si el Gabinete de Seguridad iba a explicar una agresión que dejó 11 personas heridas y severos daños materiales, había una lógica elemental: ir al lugar donde ocurrió, ver las casas, escuchar a las familias, sentarse con el alcalde. Mirar, aunque fuera por unos minutos, aquello que las cifras no alcanzan a contar.
Pero no ocurrió. Ojocaliente fue tema de la conferencia. Ojocaliente no fue destino de la presidenta.
Es una diferencia pequeña en la agenda y enorme para quienes viven allí.
La explicación oficial puede hablar de logística, seguridad, tiempos, protocolo. Todo eso puede ser cierto. Pero también existe la política entendida como sensibilidad. Y ahí la fotografía resulta difícil de defender: mientras en la mesa se hablaba de coordinación, inteligencia y capacidad del Estado, el presidente municipal de la localidad atacada esperaba afuera.
El episodio tiene además una ironía que no necesita adjetivos. La presidenta llegó a Zacatecas para hablar de seguridad y pacificación. Omar García Harfuch explicó que el atentado se investiga dentro de la disputa entre células del Cártel Jalisco Nueva Generación y del Cártel del Pacífico, y añadió que ya hay detenciones y que la investigación continúa.
La gira presidencial tiene, además, una peculiaridad política: recorre principalmente estados gobernados por fuerzas distintas a Morena, llevando consigo el balance de una administración que presume resultados y una narrativa nacional de reducción de la violencia.
Zacatecas, gobernado por Morena, fue una parada particularmente sensible: aquí Sheinbaum encontró un gobernador dispuesto a reconocer los avances de su estrategia, pero también un municipio que necesitaba algo menos ceremonial y mucho más concreto. Ojocaliente no necesitaba que le explicaran sus cifras. Necesitaba que alguien fuera a mirar sus paredes rotas.
Pero la seguridad no acaba cuando termina una conferencia.
Después de la explosión quedan ventanas rotas, paredes cuarteadas, negocios lastimados, familias que preguntan quién pagará la reconstrucción y policías municipales que saben que la siguiente amenaza puede llegar antes que el siguiente presupuesto.
El propio Zambrano llevó una petición concreta: apoyo federal para reconstruir la zona afectada, reubicar la comandancia y reparar los daños de las familias. No estaba pidiendo una fotografía. Estaba pidiendo Estado.
Y quizá por eso la escena resulta tan incómoda. Porque un gobierno puede mostrar sus cifras, presentar gráficas, enumerar detenciones. Puede explicar que los homicidios han disminuido y repetir, una y otra vez, que existe coordinación entre federación, estado y municipios.
Pero hay momentos en que una sola imagen pesa más que una presentación de PowerPoint.
Un alcalde esperando afuera, una presidenta que no llega al municipio, un pueblo que aparece en el discurso, pero queda fuera del itinerario.
No se trata de exigir que la presidenta convierta cada tragedia en una visita. Se trata de algo más sencillo: cuando una comunidad acaba de sufrir un ataque con explosivos y sus familias siguen esperando respuestas, el poder debería encontrar la manera de acercarse a ellas.
Sobre todo, cuando ese poder acababa de llegar hasta Zacatecas.
El folder amarillo terminó en manos de la presidenta. Eso es cierto. También lo es que las familias de Ojocaliente siguen esperando mucho más que una carta recibida al paso.
Porque gobernar no consiste solamente en llegar donde están las cámaras. A veces consiste en llegar donde todavía huele a pólvora.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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