RAFAEL CANDELAS SALINAS
Rubén Rocha Moya tiene 77 años. Ha sido senador, rector universitario, diputado y gobernador. Lleva prácticamente toda una vida alrededor de la política.
Por eso resulta difícil creer que una mañana simplemente haya despertado pensando que era buena idea regresar a gobernar Sinaloa después de 112 días de licencia, sin preguntar, sin avisar y sin medir las consecuencias.
Pero eso es, lo que nos han dicho.
Rocha regresó a la gubernatura el viernes 21 de agosto. La Secretaría de Gobernación se apresuró a aclarar que se trataba de una decisión “exclusivamente personal”, Claudia Sheinbaum canceló su presencia en “la mañanera” y después dijo que se enteró por redes sociales. Y 34 horas más tarde, Rocha volvió a pedir licencia.
Demasiada improvisación para un político con tanta experiencia.
Por eso quizá el episodio de Sinaloa no deba analizarse solamente como la historia de un gobernador que calculó mal su regreso, sino como una ventana que nos permite observar lo que está ocurriendo dentro del movimiento que gobierna México.
Porque solamente existen dos posibilidades.
La primera es que Rocha efectivamente haya actuado solo. Si así ocurrió, estamos frente a una de las mayores muestras de falta de oficio político de los últimos años: regresar a gobernar un estado en crisis, enfrentando señalamientos gravísimos en Estados Unidos, en medio de una investigación y sin consultar siquiera a la presidenta de la República ni a la dirigencia de su partido.
La segunda resulta políticamente mucho más interesante: que Rocha no estuviera tan solo como pretenden hacernos creer.
¿Quién le hizo pensar que podía regresar? No lo sabemos, pero la pregunta importa.
Durante años, todo Morena se mantuvo bajo una misma carpa, personajes, grupos e intereses muy diferentes se alineaban al liderazgo indiscutible que resolvía las diferencias: Andrés Manuel López Obrador.
Hoy López Obrador ya no ocupa Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum está construyendo su propia Presidencia y poco a poco comienzan a aparecer las costuras.
De un lado permanece una parte de la vieja estructura política del movimiento, formada bajo el liderazgo del expresidente, con personajes, lealtades y formas de ejercer el poder construidas durante años.
Del otro está una presidenta que necesita gobernar, tomar decisiones y asumir las consecuencias de lo que ocurra durante su sexenio.
No necesariamente estamos hablando todavía de dos Morenas, pero cada vez resulta más evidente que dentro del mismo movimiento existen intereses que no siempre caminan en la misma dirección.
Y mientras Rocha protagonizaba su extraño regreso, a miles de kilómetros de Sinaloa, Omar García Harfuch se encontraba en Buenos Aires participando en la Conferencia Internacional para el Control de Drogas. Ahí apareció junto al director de la DEA, Terrance Cole, quien públicamente reconoció su liderazgo y valentía.
La fotografía tiene un enorme significado político, porque Harfuch representa una estrategia de seguridad basada en inteligencia, investigación y cooperación institucional con Estados Unidos sensiblemente distinta a la política de “abrazos no balazos” que predominó el sexenio anterior.
No afirmo que ambos acontecimientos estén relacionados, pero resulta difícil ignorar la coincidencia. Pues mientras en Buenos Aires el secretario de Seguridad del gobierno de Claudia Sheinbaum fortalecía públicamente la cooperación con las agencias estadounidenses, en Sinaloa uno de los gobernadores históricamente identificados con el lopezobradorismo intentaba recuperar el poder después de haber sido señalado precisamente desde Estados Unidos.
Pero entonces ocurrió algo todavía más revelador. El movimiento que durante meses había cerrado filas alrededor de Rocha comenzó a tomar distancia.
Sheinbaum cuestionó su regreso, Morena se deslindó, los Gobernadores que antes habían firmado un desplegado respaldándolo ahora firmaban otro llamándolo a anteponer el interés colectivo a cualquier proyecto personal.
El mensaje cambió; del “no estás solo” se pasó, en cuestión de horas, al “ya estás solo”; y no sé si Rocha entendió o alguien se lo explicó, pero treinta y cuatro horas después de regresar, volvió a solicitar licencia indefinida diciendo que “Sinaloa, la nación y el movimiento de transformación están por encima de todo”.
Quizá nunca sepamos quién convenció a Rocha de regresar, pero probablemente sea más importante saber quién logró que volviera a irse. Porque el episodio no solamente habla de un gobernador debilitado, habla de una presidenta intentando ejercer plenamente el poder, de antiguos grupos que todavía conservan influencia y de un movimiento que comienza a enfrentar la convivencia sin el liderazgo cotidiano de su fundador.
Rocha Moya duró apenas 34 horas de regreso en el gobierno de Sinaloa, fueron suficientes para mostrarnos que la verdadera disputa ya no necesariamente está afuera.
Empieza a estar adentro.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
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