CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Hay personas que viven persiguiendo el tiempo. Otras dedican la vida a prepararse para una sola hora. La diferencia parece pequeña, pero cambia el destino de cualquiera. Quien corre detrás del reloj termina agotado. Quien aprende a esperar apuesta todo a que, cuando llegue el momento, estará listo. Ésa parece ser, hasta ahora, la historia de Ulises Mejía Haro.
Nació el 18 de julio de 1984. Tiene 41 años. Es licenciado en Derecho y en Contaduría, maestro en Administración Pública y en Economía Regional, doctor por la Universidad Autónoma de Zacatecas con mención honorífica. En un país donde la política suele presumir discursos antes que credenciales, su trayectoria académica llama la atención por una razón sencilla: pocas veces un aspirante llega con tantos años dedicados al estudio. Pero la política tiene reglas distintas. Los títulos pueden abrir puertas. Nunca garantizan que llegue la hora.
Su biografía pública tampoco se construyó de golpe. Fue el primer presidente municipal de Zacatecas surgido de Morena. Más tarde llegó a la Cámara de Diputados. Coordinó en el estado el proceso interno y la campaña presidencial de Claudia Sheinbaum. Incluso colaboró como relator en A la mitad del camino, uno de los libros más personales de Andrés Manuel López Obrador. Vista en perspectiva, su carrera parece menos una sucesión de cargos que una larga preparación para el momento que hoy enfrenta.
Quizá por eso resulta interesante escuchar lo que dice… y también lo que evita decir.
Mientras otros construyen su narrativa alrededor de las personas, Ulises suele hablar del método. “No voy a ser factor de división”, repite cada vez que puede. Defiende las encuestas como mecanismo para elegir candidaturas, rechaza las imposiciones, desestima cualquier intento de veto y evita responder con descalificaciones incluso cuando se le pregunta por otros aspirantes.
Su discurso no gira alrededor del conflicto. Gira alrededor de las reglas. Como si estuviera convencido de que una candidatura vale menos por quien la obtiene que por la forma en que se consigue. Y esto no deja de ser una apuesta arriesgada.
La política mexicana rara vez recompensa la paciencia. Premia la estridencia, la confrontación, la capacidad de imponer la agenda. La conciliación suele confundirse con debilidad y la espera con falta de ambición. Sin embargo, Mejía Haro parece haber elegido otro camino.
Mientras recorre el estado insiste en que sus más de 400 asambleas legislativas e informativas no son actos anticipados de campaña, sino ejercicios de rendición de cuentas. Habla de soberanía alimentaria, de energía, del campo, de profesionalización policial y de resultados antes que de promesas. No intenta vender la imagen de un candidato inevitable. Prefiere presentarse como alguien que ha hecho la tarea y espera que el examen llegue.
Las encuestas parecen darle argumentos para sostener esa estrategia. Diversas mediciones lo colocan entre los perfiles más competitivos de Morena y la más reciente evaluación de QM Estudios de Opinión lo ubica como el aspirante con mayor nivel de conocimiento ciudadano y con los mejores atributos entre quienes buscan la candidatura.
Pero incluso esos números tienen un límite. Las encuestas miden preferencias. No pueden medir el instante exacto en que un partido decide escuchar lo que ellas dicen.
Hay una insistencia que atraviesa casi todas sus declaraciones públicas. Ulises habla de encuestas, de reglas y de conciliación, pero vuelve una y otra vez sobre una palabra: veto. Dice no creer en él. Lo descarta. Lo atribuye a prácticas del viejo régimen. Sin embargo, pocas veces un político dedica tanto tiempo a negar una posibilidad que no considere verosímil.
En el fondo, su discurso también revela una preocupación: que la hora de un candidato no siempre la marca el reloj de las encuestas.
Paradójicamente, la principal fortaleza de Ulises Mejía Haro puede ser también su mayor vulnerabilidad. Ha construido un liderazgo que parece descansar más en su propia trayectoria que en el respaldo de un grupo político dominante. Esa autonomía le da identidad. También lo obliga a depender, más que otros aspirantes, de que las reglas del partido se apliquen exactamente como fueron escritas.
Tal vez ahí se encuentre el verdadero interés de su historia.
Durante años, México discutió si el poder debía heredarse o conquistarse. Hoy comienza a formular otra pregunta, igual de incómoda: ¿basta la preparación para gobernar o la política sigue obedeciendo a factores que ningún currículum puede explicar? Ulises Mejía Haro encarna esa tensión. Su fortaleza no descansa en una dinastía política ni en un liderazgo prestado. Descansa en una idea que ha repetido durante años: el trabajo todo lo vence. Es una convicción que en Zacatecas tiene un peso especial. También una apuesta de alto riesgo en un oficio donde el trabajo no siempre decide el resultado.
Porque toda espera implica un riesgo. El de prepararse durante años para una oportunidad que quizá nunca llegue.
O el de descubrir, cuando finalmente llega, que el tiempo también examina.
Las próximas semanas dirán si esta era la hora que Ulises Mejía Haro llevaba tanto tiempo esperando. También dirán si Morena premia la disciplina paciente o vuelve a demostrar que, en política, los relojes no siempre marcan la misma hora para todos.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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