RAFAEL CANDELAS SALINAS
Invitada por una Universidad, hace unos días vino a México una española a impartir una conferencia en la que habló sobre soberanía nacional, en un mensaje que rápidamente se volvió viral, porque puso sobre la mesa temas que buena parte de la clase política prefiere evitar.
Su nombre es Cayetana Álvarez de Toledo. Periodista, historiadora y diputada española, conocida por sus posiciones firmes, su estilo frontal y su disposición a decir cosas que muchos consideran políticamente incorrectas.
Desde el inicio de su mensaje, desmontó uno de los argumentos más recurrentes del discurso político actual, dijo que la principal amenaza para la soberanía de México no viene de España, ni de Hernán Cortés, ni de la conquista, ni siquiera de Estados Unidos.
Según Cayetana, las verdaderas amenazas son tres: el crimen organizado, el populismo autoritario y la mentalidad de dependencia.
Más allá de simpatías o antipatías hacia la conferencista, vale la pena detenerse en esos tres planteamientos.
En el primer planteamiento resulta difícil no reconocer que existe una discusión valida, porque la soberanía no consiste únicamente en tener bandera, himno, presidente o representación internacional, también implica que el Estado ejerza efectivamente su autoridad sobre todo el territorio nacional.
Cuando comunidades enteras viven bajo la influencia de criminales, cuando comerciantes pagan extorsiones, cuando existen regiones donde la ley se aplica de manera parcial o cuando miles de familias siguen buscando a familiares desaparecidos, la discusión deja de ser teórica y automáticamente surge una pregunta:
¿Quién ejerce realmente el poder?
Porque si la autoridad formal existe, pero la autoridad real la ejerce otro, entonces existe un problema que ningún discurso patriótico puede resolver por sí solo.
El segundo punto fue el populismo autoritario. En ese tema Cayetana sostiene que los gobiernos populistas suelen buscar la concentración del poder, el debilitamiento de instituciones autónomas y la reducción de contrapesos. Naturalmente, esa afirmación generó polémica, por la similitud con lo que hemos vivido recientemente en nuestro país, pero la discusión merece ser escuchada.
Las democracias modernas no dependen de la buena voluntad de quienes gobiernan, dependen de reglas, instituciones y límites que impiden la concentración excesiva del poder, por eso resultan tan importantes los órganos autónomos, los tribunales independientes, la libertad de prensa y la división de poderes.
La pregunta pues, no debería ser quién ocupa temporalmente el poder, la pregunta es si las instituciones conservan la capacidad de supervisarlo, limitarlo y equilibrarlo, por lo que a los responsables de haber desaparecido Órganos Autónomos, de haber cooptado al Poder Judicial, de apropiarse del Tribunal Federal Electoral, de disminuir la capacidad operativa del INE y controlar la CNDH, entre otras reformas, no les gustó la declaración de Cayetana, como tampoco les gusta que alguien contradiga sus decisiones.
El tercer planteamiento fue quizá el más profundo, la mentalidad de dependencia.
Cayetana no habló solamente de programas sociales, habló de una cultura política donde el ciudadano deja de verse como una persona libre y comienza a verse como beneficiario permanente del gobierno.
Una sociedad donde la relación entre gobernantes y gobernados deja de construirse sobre derechos, responsabilidades y oportunidades para construirse sobre favores, subsidios y dependencias.
Sin duda es una reflexión incómoda, porque claro que el Estado tiene la obligación de apoyar a quienes más lo necesitan, claro que debe existir una red de protección social, pero también es cierto que el verdadero éxito de una política pública debería medirse por la capacidad de las personas para construir autonomía, generar oportunidades y libertades que permitan a los ciudadanos desarrollar un proyecto de vida propio.
Pero lo interesante del discurso no es únicamente lo que dijo, también lo es la reacción que provocó. Porque más allá de los aplausos y las críticas, logró colocar en el centro del debate preguntas que rara vez se discuten con profundidad.
¿Qué significa realmente la soberanía en el siglo XXI? ¿Basta con defender las fronteras para considerarse un país soberano? ¿Puede existir soberanía donde el crimen desafía al Estado? ¿Puede existir soberanía donde los contrapesos institucionales se debilitan? ¿Puede existir soberanía cuando los ciudadanos dependen cada vez más de la voluntad del gobernante en turno?
Sí, son preguntas incómodas y precisamente por eso resultan necesarias. No se trata de coincidir en todo con Cayetana Álvarez de Toledo, ni de convertirla en heroína o villana, se trata de analizar el fondo de lo que dijo.
Porque al final, la soberanía no se mide por discursos, ceremonias o referencias al pasado, sino por la capacidad del Estado para mantener el orden, proteger las libertades, ofrecer soluciones a los problemas reales y garantizar el estado de derecho.
Tal vez por eso las palabras de Cayetana provocaron tanto ruido, porque más allá de ideologías y nacionalidades, terminaron tocando fibras incómodas que en México siguen sin responderse del todo:
¿Quién manda realmente en México? Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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