CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
En una fotografía tomada ayer, las sonrisas parecen de mármol. Ahí están Morena, el PT y el Partido Verde anunciando que seguirán juntos rumbo a 2027. La imagen quiere transmitir estabilidad. Pero debajo de la mesa, los pies se patean. Y en algunos estados —Zacatecas entre ellos— la coalición ya no parece una alianza: parece una fila de aspirantes afilando cuchillos.
La llamada Cuarta Transformación decidió adelantarse al calendario. Diecisiete gubernaturas estarán en juego en 2027. También la Cámara de Diputados. No es una elección intermedia: es una prueba de sobrevivencia política para un movimiento que llegó unido al poder y que ahora debe administrar ambiciones, herencias familiares y disputas territoriales. El anuncio de continuidad de la coalición no fue una ceremonia ideológica. Fue una operación de contención. Porque las fracturas existen.
El Partido del Trabajo amagó hace meses con separarse cuando rechazó respaldar el llamado Plan B de la Reforma Electoral. El Verde, fiel a su historia pragmática, comenzó a medir fuerzas propias en varias entidades. Morena, mientras tanto, intenta imponer reglas morales que sus aliados no necesariamente comparten. La más incómoda: el veto al nepotismo. Ahí comienza el verdadero problema.
Mientras Morena insiste en impedir candidaturas de familiares directos de gobernantes en funciones, el Verde y el PT observan esa regla como quien escucha una recomendación de cortesía, no una obligación política. El caso de San Luis Potosí es el espejo incómodo: la senadora Ruth González Silva aparece impulsada para suceder a su esposo, el gobernador Ricardo Gallardo Cardona. La discusión no es jurídica. Es de poder. De linajes. De apellidos convertidos en franquicias electorales.
En ese tablero apareció Zacatecas. Y apareció con nombres propios.
La senadora Geovanna Bañuelos estuvo presente en la reunión de la cúpula nacional representando al Partido del Trabajo. No fue un detalle protocolario. En política, las fotografías también son mensajes cifrados. Y su presencia ocurrió mientras mantiene abierto, cada vez con menos discreción, su proyecto para gobernar Zacatecas. Bañuelos lleva meses construyendo estructura, presencia territorial y narrativa pública. Lo hace con paciencia de relojero. Sin estridencias. Sin romper formalmente con nadie. Pero avanzando.
Del otro lado del tablero también hay movimiento. El coordinador de los diputados federales del Verde, Carlos Puente Salas, ya dejó claro que quiere la gubernatura. El Verde no piensa limitarse a acompañar. Quiere encabezar. Quiere demostrar que puede disputar el poder más allá de ser aliado satélite. Y Zacatecas aparece como laboratorio perfecto para medir esa fuerza.
El problema es matemático y humano al mismo tiempo: todos quieren la misma silla.
Morena tendrá que decidir si privilegia disciplina o rentabilidad electoral. El PT buscará cobrar años de lealtad territorial. El Verde exigirá espacios reales o comenzará a tensar la cuerda. Y en medio quedará Zacatecas, un estado donde la política suele parecer una sobremesa familiar que termina en pleito de herencia.
Por eso la coalición anunció filtros “incuestionables” para sus candidaturas. Habrá revisiones con la Fiscalía General de la República, la Unidad de Inteligencia Financiera y las áreas de seguridad. El mensaje busca responder a las presiones que llegan desde Washington y a las acusaciones constantes sobre presuntos vínculos entre política y crimen organizado. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo reunió recientemente a legisladores en Palacio Nacional para cerrar filas frente a esas tensiones externas.
Pero el discurso ético enfrenta un obstáculo viejo: la política mexicana suele pedir certificados de pureza mientras negocia cuotas de poder en habitaciones cerradas.
La nueva regla de selección mediante encuestas tampoco es inocente. Morena y sus aliados anunciaron que ahora pesará más el saldo de opinión positiva de los aspirantes. No basta ser conocido: hay que ser aceptado. La medida parece técnica. En realidad es política. Porque una encuesta puede funcionar como legitimación democrática… o como instrumento para ordenar derrotas anticipadas.
En Zacatecas, donde las lealtades cambian más rápido que los discursos, esa metodología será un campo minado. Geovanna Bañuelos lo sabe. Carlos Puente también.
Y detrás de ambos aparece otro fantasma: el desgaste acumulado del oficialismo en un estado golpeado por violencia, migración y pobreza estructural. Gobernar Zacatecas ya no es sólo administrar presupuesto. Es administrar miedo, fatiga y desencanto.
Por eso la fotografía del 13 de mayo resulta tan reveladora. Todos sonríen. Todos hablan de unidad. Todos juran convicción histórica. Pero cada uno lleva ya la mano sobre su propia candidatura. En política, las coaliciones duran mientras nadie se siente excluido del banquete.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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