Palabras sórdidas, filosas, oxidadas

SARA LOVERA

“… primero fue el verbo y luego la materia/proferir es manifestar en metafísica/emitir  con voz cifrada de piedra, sílice que durará  más de cinco mil años/ en el desierto del desamparo/ y del desvarío/fingiéndose duna/arena/ antes de ser des-cifrada como luciérnaga/ de salto cuántico/palabra-sibila que traduce /lo intraducible/que vaticina lo que vendrá/ y escribe historias sórdidas, filosas, oxidadas,/épicas/ de hombres y mujeres/ y sus numerosos descendientes….” Escribe Kyra Núñez en Anatomía de la escritura, un largo poema que recupera en 100 páginas la historia de la escritura, del discurso.

Cómo las palabras reflejan al  pensamiento, a la conciencia, ninguna puede pronunciarse sin transparentar  lo que se es.

Desde ahí una puede intentar traducir el intercambio de palabras que se dijeron en la ceremonia solemne, el 23 de noviembre, en la Cámara de Senadores, dos legisladoras que acabaron manchándola. Era la conmemoración del Día Internacional  para Eliminar la Violencia contra la Mujer, buscaba hacer conciencia. Y nos dejó sabor amargo.

Palabras proferidas,  como dice Kyra, sórdidas,  filosas, oxidadas, que revelan  hasta donde en la conciencia de las legisladoras no se ha producido el des-ciframiento de esa otra palabra:  feminismo.

¿Es igual tener muchas mujeres en el congreso?  que buscar  la transformación para lograr una vida mejor, democrática, entre iguales, pacífica, alegre, placentera, donde desaparezca la supremacía masculina que sostiene al sistema. Lograr abrir los caminos   del cambio, dejando atrás la vida en que transcurrimos, en medio del horror y la estulticia. Mujeres asesinadas, desparecidas, violadas y reducidas  a míseras historias de  desigualdad y discriminación.

Lo que ocurrió en esa ceremonia solemne fue  un altercado entre las senadoras Kenya López Rabadán y Malú Micher Camarena. Intercambio de palabras, gestos y manotazos.

El escenario era uno de consignas, inscritas en carteles colocados en las curules, para hacer evidente que la violencia contra las mujeres hace permanecer la desigualdad, la antidemocracia y la injusticia. Mostrar la urgencia de un cambio de raíz, de fondo, al sistema y al poder.

Tras el segundo  encuentro feminista latinoamericano en el Perú,(1983) la filósofa/ideóloga Julieta Kirkwood lanzó unas palabras: ¿qué hacen las políticas en nuestros encuentros? Los de las feministas. A partir de entonces se produjo en Latinoamérica una larga reflexión sobre las ventajas o desventajas de participar en la  política, cuando no  cambia ni en términos ni en  grado de conciencia, su visión y no se considera el carácter de emergencia de la vida de  las mujeres, ni se diferencia  de la política que hacen los hombres.  ¿Cómo entender que las mujeres deben ser  consideradas como diferentes, por experiencia e historia?, frente a los movimientos grupales de otras reivindicaciones. Esa contradicción ya llegó al escenario público de la República.

Nuestra  ideóloga chilena  planteó cómo identificar  los matices de la demanda feminista en el  cambio global, y distar  de  términos los grandes problemas de las mujeres, entre todos los demás. Analizó cómo conciliar entre “las feministas” y “las políticas” los problemas y  la conciencia necesaria, hoy  reflejada en las palabras.

No. En el Senado, gritos, acusaciones, “politiquería”, “panfletos”, gritaban las senadoras panistas, y las morenistas gritaban “feministas de ocasión”, etc. Ya nada se escuchó, sólo  Malú Micher, alcanzó a decir en este gobierno si se hacen las cosas.  Las morenistas, autoras de los carteles, fueron acusadas de ser subordinadas del presidente Andrés Manuel López Obrador, empleadas, sometidas a “billetazos y cargos”. Tremendas, filosas, oxidadas palabras que obligan a pensar hasta qué punto la política de los hombres las ha engullido a todas. Veremos.