Mi universidad

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JAIME ENRÍQUEZ FÉLIX

Después de egresar de la primaria, nuestro feliz destino –no fatal- fue el Instituto de Ciencias de Zacatecas. 3 años de Secundaria, 2 de Preparatoria en el mismo edificio –que era el único-. Con férreos horarios matutinos: entrar a las 7 de la mañana, salir a las 3 de la tarde, desayunar en el comedor escolar un café negro, un plato de frijoles, tortillas a discreción y un poco de chile. Se incluía el deporte, una biblioteca, la sala de estudios para esperar al profesor entre cada hora y no perder el tiempo. Reinaba el absoluto silencio en el recinto. Los maestros eran estrictamente puntuales y mal pagados. Había un Museo de Historia Natural, un rebote, una cancha de basquetbol, el gimnasio, una alberca que destruimos a pico y pala y que ya nunca pudimos reconstruir, un auditorio, el Cervantes Saavedra, un casino estudiantil –que sólo tenía el nombre- una pequeña imprenta y Doña Minga en una tienda doméstica, entre maternal y autoritaria, a quien podíamos empeñar los libros para obtener a cambio una torta, un cigarro o un refresco. Siempre regresábamos por ellos, con el dinero en mano.

Así vivimos la transformación del Instituto de Ciencias de Zacatecas cuyo modelo francés nos obligaba a estudiar esa lengua, que estábamos obligados a estudiar con el maestro Isauro Félix. Luchamos poquito por convertirlo en Instituto de Ciencias Autónomo de Zacatecas (ICAZ) para impedir la nociva interferencia del gobierno, reproduciendo el esfuerzo de la UNAM en 1921. Logramos también que se convirtiera en la Universidad Autónoma de Zacatecas con Magdaleno Varela Luján como rector.

Teníamos nuestro Baile del Estudiante. De gala. Donde fuimos cantineros, porteros, y macheteros, para traer el cedro de Ojocaliente y arreglar el patio de honor. Desde luego fuimos bailadores y también saca borrachos, porque había comisiones de orden para evitar dificultades ante la sociedad zacatecana.

Teníamos una corrida de toros el 1º. De mayo, mejor que las del empresario Juan Enríquez en la actualidad. Con toros regalados de un general revolucionario, y con toreros seleccionados de entre la comunidad universitaria. Hacíamos campeonatos de basquetbol, rebote, maratones de hombres y otros para recaudar libros. Así crecimos, aportando siempre lo mejor de nosotros para nuestra institución.

Tuve la experiencia de ser profesor de Física 2 años, en la única preparatoria, cuando era alumno del 2º. De Ingeniería. Nunca recibí salario. Ni lo reclamé, porque me advirtieron que, en general, los profesores no cobraban. Era pues, un honor, regresarle algo a la institución que nos estaba formando.

Todas las generaciones de la Universidad buscaban padrinos nacionales, escogidos por ejemplo, cuando coincidía la visita de algún Secretario del gobierno de la Federación. Había que sablearlos, más que para el anillo conmemorativo, para un aula, para un laboratorio… Alfonso Martínez Domínguez fue el padrino de mi generación y la demanda fue la electrificación de la entonces Escuela de Ingeniería en la López Velarde, que ni transformador tenía.

A Antonio Dovalí Jaime, gerente de PEMEX en ese tiempo, lo agarramos. Pretendió zafarse educadamente, pero terminamos exigiéndole libros para la nueva biblioteca, porque la central –bella y suntuosa- tenía documentos en sánscrito y en esperanto. Hasta allí no le llegábamos.

Creció nuestra Universidad. Se fueron los viejos, llegaron los jóvenes. Los viejos fueron honrados: los mejores hombres del Estado. Vimos con entusiasmo el arribo de los jóvenes: no todos fueron honrados ni tenían mística universitaria. Mucho dinero público se derramó en movimientos políticos: solidaridad con la Universidad de Guerrero, con la de Sinaloa, y las importantes ayudas llevaban camiones y recursos para apoyar movimientos de la Patria, pero Zacatecas también tenía los suyos. Crecimos, crecimos y crecimos emocionados por la población, pero sacrificando la calidad. Nuestra Escuela de Derecho era una de las 5 más importantes del país. Las de Topografía e Ingeniero Minero, las primeras de la nación. Grandes huelgas locales, grandes confrontaciones con gobernadores que querían influir en las decisiones universitarias y, desde luego, algunos pillos que querían usar a la Universidad para crecer en su miseria política.

Hoy somos una verdadera Universidad. Desde luego hay errores en la toma de decisiones de las carreras, y evadiendo los costos de las Ingenierías, las Agronomías o las Veterinarias, se crean escuelas de Derecho o de Sicología en localidades donde el egresado sale sin muchos trámites, directamente para ser taxista.

Hoy vivimos una de tantas crisis financieras que nos puede detener para siempre, o convulsionar hacia confrontaciones estériles. El gobernado ha eructado señalando que él puede ayudar a gestionar. Para esto no sirve, lo sabemos. Necesitamos que el recurso público que generamos los zacatecanos como impuestos, se utilice para lo fundamental: la formación de los jóvenes, la movilidad social que permite el estudio, y seguir creando el pensamiento en Zacatecas.

Aquí no hay para donde hacerse. El dinero es para los zacatecanos y los estudiantes son hijos de zacatecanos. Se podrá gestionar, pero el recurso público debe ser usado para el futuro de los hijos de esta entidad. La Universidad deberá ser autocrítica y en sus propias instancias, sin ingerencia del gobierno, deberá revisar sus aristocráticos bonos, sus plantillas de parientes, sus pagos de marcha para rectores que son millonarios, y ofrecernos a los universitarios de hoy y de siempre, una alternativa que permita a la UAZ sobrevivir sin exabruptos por los excesos financieros. Una regla de oro aún vigente, es gastar menos de lo que se ingresa. ¡Viva nuestra Universidad!

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