viernes, marzo 27, 2026
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Marzo 2020: el mes que redefinió nuestra forma de vivir

JULIETA DEL RÍO VENEGAS

Marzo siempre vuelve con una memoria incómoda. Han pasado ya varios años desde aquel marzo de 2020 en el que, entre el 15 y el 23, numerosos países comenzaron a cerrar sus puertas, vaciar sus calles y trasladar la vida cotidiana a un espacio que hasta entonces era más un complemento que el centro: Internet. Hoy, al mirar atrás, no solo recordamos el encierro, sino el inicio de una transformación profunda en la manera en que trabajamos, aprendemos y nos relacionamos.

La fecha de “nacimiento” del Covid-19 no tiene un día exacto, pero sí existen momentos clave que se toman como referencia. En diciembre de 2019 se detectaron los primeros casos en Wuhan y el 31 de diciembre la Organización Mundial de la Salud recibió el primer aviso oficial. Fue en marzo de 2020, cuando la OMS declaró oficialmente la pandemia, que el temor y la incertidumbre se instalaron en la vida de todos. La Secretaría de Salud no estaba preparada para manejar la situación. Veíamos las conferencias diarias que, con toda su seriedad, intentaban informar y, a la vez, terminaban por generar angustia; también veíamos cómo las personas caían víctimas del virus. Siempre quedará la duda de si hubo un buen o mal manejo, pero lo que sí es indiscutible es que esa etapa se convirtió en un parteaguas en la vida de todos.

En cuestión de días, lo que parecía imposible se volvió cotidiano. El trabajo remoto dejó de ser privilegio de unos cuantos y se convirtió en una necesidad global. Empresas que dudaban de la productividad a distancia descubrieron que era posible mantener resultados, reducir costos operativos e incluso mejorar ciertos procesos. La digitalización avanzó años en apenas semanas. La flexibilidad laboral dejó de ser un ideal para convertirse en una realidad tangible.

Pero este salto también trajo consigo preguntas que aún no terminamos de responder. El uso intensivo de plataformas digitales evidenció una fragilidad importante: la protección de los datos personales. Millones de personas comenzaron a compartir información, rutinas, ubicaciones y conversaciones sin plena conciencia de los riesgos. La privacidad dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en una preocupación cotidiana.

El ámbito educativo fue, quizás, uno de los más sensibles. De un día para otro, niñas y niños aparecieron frente a cámaras, transmitiendo desde sus hogares, exponiendo no solo su imagen, sino su entorno familiar. Las escuelas debieron improvisar protocolos, muchas veces insuficientes, para garantizar la seguridad y la privacidad. Se hizo lo necesario para continuar, pero no siempre lo adecuado para proteger.

Y, sin embargo, en medio de la incertidumbre, también hubo aprendizaje. La sociedad en su conjunto desarrolló nuevas habilidades, adaptó rutinas y encontró formas de seguir adelante. Aprendimos a reunirnos sin estar presentes, a colaborar sin compartir un espacio físico, a enseñar y aprender desde la distancia. Descubrimos que la tecnología no era solo una herramienta, sino un entorno en el que también vivimos.

Hoy, varios años después, la pregunta no es qué cambió, sino qué decidimos conservar de ese cambio. Aprendimos a vivir de manera diferente, a trabajar de otra manera y a convivir con nuestros seres queridos de forma distinta. El reto ya no es adaptarnos, sino hacerlo mejor: con más conciencia, más regulación y más humanidad. Porque, si algo dejó claro aquel marzo de 2020, es que podemos transformarnos rápidamente, pero también que no todo lo que se puede hacer necesariamente se debe hacer sin reflexión.

El recuerdo de aquellos días no debería quedarse solo en la nostalgia o en el alivio de haberlos superado, sino en la responsabilidad de construir un entorno digital más seguro, más justo y más consciente para todos. Quedará en la memoria como un antes y un después, un momento que marcó para siempre la manera en que vivimos y nos relacionamos.

Sobre la Firma

Escritora y defensora institucional de la transparencia y los datos
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