viernes, marzo 27, 2026
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La Casa de los Perros | El aliado que aguanta

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

En la política mexicana hay partidos que llegan al Congreso como quien entra a una fiesta ajena: sonríen, saludan, se acomodan cerca del poder y esperan a ver quién paga la cuenta.

Y hay otros que, por cálculo o convicción —a veces ambas cosas—, entienden que en ciertas horas la indecisión no es prudencia, sino fuga. Esta semana, mientras el oficialismo mostraba una grieta donde presumía muralla, el Partido Verde decidió no pestañear.

Eso, en estos tiempos, ya dice bastante.

Carlos Puente Salas ha optado por una línea que, vista desde Zacatecas y desde San Lázaro, parece simple: respaldar a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo sin titubeos públicos y sin el teatro de las adhesiones condicionadas.

En un país donde abundan los aliados que cobran por adelantado y se esconden a la primera tormenta, el gesto no es menor. Tampoco es gratuito. La lealtad, en política, rara vez se escribe con tinta moral; suele redactarse con números, reformas y oportunidad.

Pero conviene decirlo con claridad: el Verde no está jugando a ser comparsa. Está jugando a ser pieza.

La prueba más visible ha sido el debate alrededor del llamado Plan B de la Reforma Electoral, una bolsa de medidas que busca reducir costos, adelgazar burocracias y meter bisturí en viejos privilegios. Menos regidores. Menos gasto. Topes a jubilaciones doradas. Y, sobre todo, una idea que encendió el conflicto: empatar la revocación de mandato con la elección intermedia de 2027.

Ahí se separaron los que marchan y los que se apartan.

Mientras el PT decidió poner freno, el Verde se mantuvo en la línea de fuego. Puente Salas no sólo defendió la propuesta; la defendió con un argumento que, para bien o para mal, conecta con el ánimo de época: si la democracia cuesta menos y consulta más, será más difícil venderla como privilegio de élites.

Es una tesis incómoda para muchos, pero políticamente eficaz. Porque obliga a responder una pregunta sencilla y corrosiva: si se puede consultar al ciudadano gastando menos, ¿por qué no hacerlo?

La respuesta del petismo ha sido, en el mejor de los casos, dubitativa. En el peor, reveladora.

Y ahí es donde el Verde encontró una oportunidad que no siempre se presenta dos veces: convertirse en el socio que no se descompone cuando la coalición se oxida. No es poca cosa. Morena tiene músculo, pero también tribus. El PT tiene presencia, pero también reflejos de chantaje. El Verde, en cambio, ha decidido vender algo muy cotizado en el mercado de la gobernabilidad: estabilidad.

Suena menos romántico que “transformación”, pero suele durar más.

Carlos Puente lo ha entendido bien. No ha querido ser el orador incendiario ni el disidente folclórico. Ha preferido otra figura: la del operador que habla poco, cuenta votos y sabe que el poder real no siempre se ve en la tribuna, sino en el momento exacto en que alguien sostiene una reforma mientras otros ya están buscando la salida de emergencia.

Esa clase de política no enamora multitudes. Pero construye posición.

Y en Zacatecas, donde todo movimiento nacional termina leyéndose también en clave local, eso importa. Porque cada gesto en la capital del país es una moneda que después circula en la disputa doméstica.

Puente no sólo está defendiendo una agenda presidencial; también está afinando un perfil propio: el del político que no necesita gritar para ser escuchado, ni pelearse con todos para demostrar autonomía.

Hay, claro, una ironía de fondo. El partido que durante años fue tratado como satélite decorativo hoy aparece, en el momento de la tensión, como uno de los pocos cuerpos que se mantienen en órbita estable. En política mexicana, eso casi equivale a una herejía: que el supuesto aliado menor termine comportándose con más consistencia que algunos de los socios fundadores del bloque.

No conviene exagerar. El Verde no es una congregación de monjes cívicos ni una reserva moral de la República. Es un partido que ha aprendido a sobrevivir, y a veces a prosperar, leyendo mejor que otros el mapa del poder.

Pero precisamente por eso su papel hoy merece atención. Porque cuando todos calculan el costo electoral de cada paso, sostener una reforma impopular entre las élites también es una forma de mandar mensaje.

El mensaje es este: aquí estamos, aquí votamos, aquí no nos doblamos tan fácil.

En un país fatigado de simulaciones, ese tipo de conducta —aunque venga de donde menos se esperaba— tiene un valor político concreto. No redime. No santifica. Pero ordena.

Y en la política, cuando la casa cruje, a veces el mérito no es decorarla: es quedarse a sostener el techo.

No todos los aliados sirven cuando llega la hora de cargar el peso.

Sobre la Firma

Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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