GILDA MONTAÑO HUMPHREY
Encima de un buró, hubo durante muchos años un libro. No ocupaba un lugar en las bibliotecas públicas ni presidía una ceremonia. Estaba allí, cerca de su cama, al alcance de su mano, como esos objetos que terminan por acompañarnos sin hacer ruido. Su título era La imitación de Cristo y su autor, Tomás de Kempis.
¿Quién fue aquel hombre cuya voz, escrita siglos antes, llegó hasta la intimidad de una mujer mexicana del siglo XX?
Tomás de Kempis nació hacia 1380 en Kempen, una localidad de la actual Alemania. Fue religioso, escritor y copista de manuscritos. Vivió durante buena parte de su existencia en un monasterio de los Países Bajos, dedicado al estudio, la oración y la enseñanza espiritual. Murió en 1471, pero su obra más conocida continuó viajando cuando él ya había desaparecido de este mundo.
La imitación de Cristo, escrita originalmente en latín y difundida desde el siglo XV, llegó a convertirse en uno de los libros más leídos de la tradición cristiana después de la Biblia. Su permanencia no se debe a que cuente grandes hazañas ni a que prometa riquezas, honores o poder. Su propósito es más íntimo y, acaso por eso, más exigente: invita al lector a examinar su propia conducta y a procurar una vida inspirada en las enseñanzas de Jesucristo.
Kempis habla de la humildad, de la paciencia, de la renuncia a la vanidad, de la importancia de la conciencia y de la necesidad de que nuestras acciones correspondan a nuestras palabras. No propone solamente admirar a Cristo, sino preguntarse qué significa seguir su ejemplo en la vida cotidiana.
Es un libro que no exige haber vivido en el siglo XV para comprenderlo. Tampoco necesita que su lector sea un erudito. Se dirige a cualquier persona dispuesta a detenerse un momento y preguntarse si ha obrado con justicia, si ha sabido dominar su orgullo, si ha tratado con bondad a los demás y si ha encontrado un sentido para sus días.
Quizá por eso los libros antiguos no envejecen del mismo modo que las cosas. Sus páginas pueden amarillear, sus encuadernaciones desgastarse y sus palabras conservar expresiones de otra época; pero las preguntas que contienen permanecen vivas. La humildad sigue siendo difícil. La paciencia continúa poniéndonos a prueba. La justicia exige valor. Y la bondad, para ser verdadera, necesita convertirse en una práctica y no quedarse en una intención.
¿Cómo llegó aquel volumen hasta ese buró?
No conocemos su procedencia exacta. Tal vez alguien se lo regaló; quizá lo adquirió por voluntad propia o llegó a sus manos a través de alguna persona cercana. Pudo haber sido una edición recibida muchos años atrás, conservada entre sus pertenencias hasta encontrar un lugar definitivo junto a su cama. Son posibilidades, no hechos que debamos dar por ciertos.
Lo que sí sabemos es que el libro permaneció allí durante muchos años. Y ese dato, sencillo en apariencia, tiene para mí una fuerza particular.
Imagino a Remedios al terminar la jornada. Después de atender sus obligaciones, de ocuparse de los asuntos que reclamaban su inteligencia y su carácter, llegaba la hora en que el mundo exterior comenzaba a guardar silencio. Entonces, aquel libro podía ofrecerle algo distinto de las preocupaciones del día: una conversación con palabras que habían sobrevivido a generaciones enteras.
Tal vez leyera unas cuantas páginas. Tal vez volviera sobre un pasaje conocido. Tal vez encontrara en sus consejos una pregunta para el día siguiente. No podemos afirmarlo como un hecho, pero sí podemos comprender por qué una obra de esa naturaleza pudo conservar un lugar tan próximo a una persona durante tantos años.
Porque la lectura espiritual no consiste necesariamente en buscar respuestas extraordinarias. A veces comienza con una pregunta muy sencilla: ¿cómo he vivido hoy?
Para una mujer que asumió responsabilidades importantes y abrió caminos en una época en que muchas puertas estaban cerradas para las mujeres, esa pregunta pudo tener una resonancia especial. El reconocimiento público y las obligaciones profesionales no libran a nadie de las dudas privadas. Ningún cargo resuelve por sí solo los asuntos del corazón. Ningún título sustituye la necesidad de examinar la propia conciencia.
La obra de Kempis propone precisamente ese regreso al interior. Recuerda que la dignidad de una persona no se mide únicamente por lo que posee, por el lugar que ocupa o por el reconocimiento que recibe, sino también por la manera en que conduce su vida.
Y esa enseñanza no pertenece exclusivamente al pasado. En un mundo que suele premiar la apariencia, la velocidad y el éxito visible, detenerse a pensar en la humildad y la justicia puede ser un acto de resistencia. Leer a un autor de hace seis siglos no significa vivir de espaldas al presente. Puede significar, por el contrario, buscar una orientación para atravesarlo con mayor conciencia.
Quizá el valor de aquel libro estuviera justamente en eso: en recordarle a su lectora que, aun después de cumplir con las exigencias del mundo, queda una tarea que nadie puede realizar en nuestro lugar. La tarea de mirar la propia vida, reconocer sus aciertos y sus errores, y decidir qué clase de persona deseamos seguir siendo.
No sabemos qué se encontró en cada página. No necesitamos atribuirle revelaciones ni palabras que nunca dejó escritas. Basta con respetar el hecho de que aquel volumen permaneció allí durante tantos años.
Hay objetos que se heredan y otros que se conservan por elección. Algunos nos acompañan porque guardan la memoria de una persona; otros, porque contienen una pregunta que todavía no hemos terminado de responder. A veces ambas cosas suceden al mismo tiempo.
Aquel libro, escrito por un religioso de la Europa medieval, llegó de alguna manera hasta la habitación de una mujer de Toluca. Entre el siglo XV y el XX se extendieron guerras, descubrimientos, transformaciones políticas y cambios profundos en la vida humana. Sin embargo, las preguntas esenciales continuaron siendo las mismas: cómo vivir, cómo obrar bien, cómo reconocer nuestros límites y cómo encontrar serenidad en medio de las dificultades.
En eso consiste la extraordinaria vida de los libros: pueden atravesar siglos sin conocer a quienes los leerán. Su autor no sabe quién abrirá sus páginas, en qué habitación lo hará ni qué circunstancias lo llevarán hasta ellas. Pero las palabras permanecen disponibles, esperando a alguien que encuentre en ellas un sentido.
En el buró, descansaba La imitación de Cristo. Afuera seguía transcurriendo la historia. Dentro de aquella habitación, un libro antiguo aguardaba cada noche la posibilidad de ser abierto.
Y sus páginas, escritas tantos siglos atrás, seguían ofreciendo a quien quisiera leerlas una invitación que nunca pierde actualidad: vivir con humildad, examinar la conciencia y procurar que nuestras acciones estén a la altura de aquello en lo que decimos creer.
Sobre la Firma
Comunicadora, editora y analista política
gildamh@hotmail.com
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