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Un sujeto social llamado “mujer” (1 de 2)

ARGENTINA CASANOVA

El 2019 concluyó como uno de los años más difíciles para las mujeres en México por el recrudecimiento de la violencia y la descarada revelación de que a la sociedad mexicana le importan los muros, las estatuas, el silencio antes que la vida de las mujeres. Y no, no es sorpresa si se toma en cuenta que México es un país feminicida, infanticida, violento, misógino y otras cosas que nos obligan a reflexionar sobre las causas estructurales para evitar que esta violencia continúe.

Los medios, las redes, los periódicos e incluso las instituciones son el reflejo de lo que está sucediendo en el país. No es casualidad sino la suma de todas las creencias, las ideas, los prejuicios y hasta las fobias e incapacidad histórica de convivir con la diferencia lo que salta en el grave problema de la violencia estructural contra la mitad de la población: las mujeres.

Las causas se entrelazan con la expresión más cruda de la misoginia fundada en el machismo de los mexicanos que no puede hacerse a un lado en lo que hoy día se vive, menospreciar a las mujeres como personas, el desprecio por la vida, la dignidad, el cuerpo, despojar a las niñas y a las mujeres de valor como personas es, todas las sabemos una práctica que estuvo presente en nuevas vidas y que hoy se traduce en la violencia feminicida.

Es el Estado menospreciando la vida de las mujeres al no considerarlas como un tema prioritario en la agenda nacional, es persona servidora pública que ve como una molestia a la mujer que llega a intentar denunciar que vive violencia, es la o él policía que desprecia a las feministas que protestan, y por supuesto es el hombre o mujer que justifica la desaparición, la explotación sexual -porque es un empleo-, la violencia sexual y el feminicidio.

Todo está atravesado y relacionado en el desprecio a las personas que nacieron en cuerpo de mujer o que se ven como mujeres, misoginia fundada en interpretaciones absurdas que justifican desde lo dogmático y religioso, en la creencia que “la mujer” existe como cosa definida y determinada desde el mismo sistema social que le pone tallas, medida, aspecto e incluso conducta, que va más allá y dice cómo debe pensar y responder.

El resultado es un contexto en el que ser mujer, nacer mujer, sabernos mujeres nos hace parte de ese 50 por ciento de la población que se cuestiona a sí misma si es lo que los demás definen o lo que ella misma encuentra en su construcción genital-social del ser mujer, es decir de cómo vive en la sociedad a partir de un sexo biológico del sujeto social llamado mujer, pero que también vive en lo social bajo el parámetro de una construcción denominada “mujer”.

Es decir, bajo este doble estándar “la mujer” dejó de ser una persona para ser una “representación simbólica” entre lo material y lo subjetivo, entre lo real y lo imaginado colectivamente, en el que todos saben lo que es ser mujer menos la personas en esos cuerpos referidos históricamente como mujeres, y encontrarse, saberse, escucharse para entenderse y definirse a sí mismas (salir del laberinto de espejos), es causa de la violencia externa.

Porque incluso como “mujer” tienes que aceptar como real la representación simbólica construida que nos dice qué es lo que disfrutamos, de lo que se goza, de cómo se ama, de como se aprehende la realidad y por supuesto cómo es ser “mujer”.

Y esto hace que haya dos sujetos en lucha permanente; por un lado, tenemos “la mujer” socialmente construida y referida y por otro están “las mujeres” que están definiéndose a sí misma a partir del cuerpo y deconstruyendo-reconstruyendo lo que son “las mujeres” sin que el género se diluya, porque borrarnos es también un propósito en ese desprecio por las mujeres.

Lo cierto es que ya sea una mujer como representación socialmente construida o las mujeres, viven la violencia en México porque está desvalorización no separa entre la mujer o las mujeres, y si algo hay que decir es que las mujeres no acabamos de definir ni de conceptualizar lo que nos significa ser mujeres en este contexto de violencia, en las relaciones de pareja, dentro de un sistema que subyuga el cuerpo penetrable.

El odio está imbricado en todo, el desprecio está latente y se traduce en el odio es lo que salta en la saña de la extrema violencia contra las mujeres, un odio que no acabamos de entender aunque vivimos sus consecuencias en cuanto ponemos distancia para romper con una histórica normalización de todas las explotaciones del cuerpo de las mujeres al servicio del patriarcado.

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