La violencia machista y la narcopolítica

SOLEDAD JARQUÍN EDGAR

Cada día es igual, más violencia y menos respuestas institucionales, porque si las hubiera, las cosas serían mejores y estaríamos contando otras historias. Lo cierto es que como sociedad estamos contando historias terribles.

La violencia contra las mujeres es evidente, ha sobrepasado a la sociedad y a sus instituciones. La sociedad o parte de la sociedad está molesta, porque sabemos con datos concretos y estadísticas reveladoras de qué tamaño es la simulación o incapacidad para enfrentar el fenómeno de la violencia contra las mujeres.

Y sí, es indispensable reconocer que sigue permeando la idea de que “eso” le pasa a “las otras”, no hay empatía con un problema común y permanente, que es cierto, es estructural, añejo. Lo cual es hoy parte del discurso de quienes están al frente de las instituciones para minimizar sus reales responsabilidades y “justificar” su inacción de décadas.

Las redes sociales –por la universalidad de su naturaleza- se han convertido, para muchas familias cuyas hijas fueron asesinadas o desaparecidas, en medios para mostrar la realidad que deja de ser fragmentada para mostrarnos, con mayor precisión, la cara de una realidad que duele a la sociedad, despierta conciencias, y agota o que provoca, ante lo abrumador del problema, rechazo o evasión como queriendo escapar de esa condición social que irremediablemente nos alcanza porque se ha sembrado la idea de que nada podemos hacer frente a esa realidad.

La pregunta que seguimos haciendo es la misma de siempre ¿por qué siguen ocurriendo estos actos criminales contra las mujeres? Y tenemos toda clase de respuestas, pero no hay ninguna solución. Todos los días en la palestra cientos de servidores y servidoras públicas hablan del problema social que representa la violencia contra las mujeres, los costos políticos y las repercusiones sociales. Nos dan “lecciones”…pero no salimos del mismo lugar.

Ahora mismo en el ámbito nacional, instituciones públicas realizan foros para determinar políticas públicas, como el ProIgualdad que realiza el Instituto Nacional de las Mujeres, o los que para septiembre prepara la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres sobre la asignación de recursos para la atención de la violencia en contra de las mujeres. Y qué decir de lo que el gobierno mexicano prepara en el ámbito internacional…

Y así, planes y proyectos hay muchos, como también dinero, que siempre parece insuficiente ante la desarticulada actuación de las instituciones que siguen sin admitir que hay una enorme simulación y, en consecuencia, poca eficacia, pero quizá lo más grave de estas simulaciones en la actuación de quienes deben accionar la justicia y que tiene que ver con las complicidades, a veces entre ellos, como hombres, y en ocasiones por cuestiones de poder político, económico y el poco reconocido elemento como potenciador de la violencia machista: el narcopoder.

El resultado es lo que vemos, oímos y leemos en los medios y redes sociales. La prensa televisiva y radiofónica está dividida en dos secciones: las noticias políticas de los señores y las noticias que antes no se contaban en esos espacios: las policíacas y que muchas veces, o casi siempre, son hechos de violencia patriarcal, porque son hombres contra hombres en demostraciones de fuerza o porque son hombres demostrando su superioridad frente a las mujeres.

Y si vemos esa realidad en las redes sociales es aún más abrumadora. Son ya incontables los casos de violencia feminicida y desaparición de mujeres que transmiten los medios digitales informativos, a veces solo como noticias del día, sin mayor contexto ni seguimiento, y otra buena parte, la producida por las familias de las víctimas de todos esos delitos, porque no todos los casos tienen la concurrencia de los grandes medios.

Sabemos o queremos pensar que sabemos las razones de la violencia feminicida y el feminicidio, la trata de mujeres como un “negocio híper-redituable”; incluso hay mapas y geo referencias sobre los lugares concretos, los municipios y los estados con mayor criminalidad en estos delitos; se habla de bandas que operan la trata de personas, han mencionado lugares o centros de divertimento, nos han dicho sobre cómo operan, pero insisto, ninguna solución al frente. Lo que deja inermes a las mujeres, como blancos de una sangrienta batalla.

Por eso insisto, señor Presidente, López Obrador, ni la guardia nacional ni nada podrá contra el crimen y en específico contra los crímenes contra mujeres, en tanto, no se actúe contra quienes, nuevos o viejos burócratas, sirvan a la narcopolítica, esa también es parte de la estructura social que avasalla la vida de las personas.

La corrupción va más allá de lo que se han robado priistas, panistas, verdes, azules o rojos. Eso está más allá del dinero embolsado por políticos sin escrúpulos que de presidentes municipales pasan a empresarios millonarios, de quienes han hecho de la política una mina de diamantes o petroleo en poco tiempo. Los señores del poder político lo saben y muchos se callarán por razones personales.

La narcopolítica es resultado de la corrupción estructural de la política mexicana –de ayer y de hoy- y, reitero, ha potenciado la violencia contra las mujeres en México. Las políticas públicas contra la violencia machista deben dar una vuelta de timón a 360 grados o seguiremos sembrando cruces por todo el territorio nacional.

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