Cambios inimaginables en una generación

SARA LOVERA

Supongo que le ha sucedido a mucha gente en su historia personal. Según cada época. Imagino que en 1936 nadie pensó en los terribles sucesos del nazi-fascismo que llegarían muy pocos años después con su estela de atrocidades.

Ahora sé  que en 1920 cuando ya teníamos la revolución del telégrafo, una suerte de comunicación instantánea, nadie podría imaginar que el chat del whatsapp sería algo de uso corriente para enviar datos, sonido y fotografías, como ahora sucede.

Seguro que en una sola vida nadie pensó al nacer en 1906 y morir en 1997 en Europa, que iba a escenificar dos guerras mundiales o que mi abuela iba a prepararse para  lo que vivió: la violencia de la Revolución Mexicana en que perdió a su marido y al mismo tiempo  vivir en el mismo país el progreso de los años 30 y 40; el voto femenino y votar; el uso generalizado de los anticonceptivos y menos, pensó,  que las mujeres usarían pantalones sin inmutarse, como ella las enaguas, toda la vida.

Una sola persona, menor de 70 años, hoy puede constatar que trabajó con el télex, el fax, con el teléfono para enviar y recibir noticias y ahora simplemente con un teléfono personal, chiquitito, manda reportes de los hechos más sobresalientes, cercanos o a miles de kilómetros.

Yo nunca pensé que habría de vivir cosas fundamentales para mi visión de la vida, en apenas 50 años, después de que cobré conciencia social a los 16: la Caída del Muro de Berlín, comprobando cambios in situ; la aprobación legal de la interrupción del embarazo en el Distrito Federal. Oír discursos del poder con visión feminista, como por ejemplo: escuchar a Rosario Robles, al tomar posesión como jefa de Gobierno, decir que en la capital se arrinconaría al patriarcado; o bien leer en tiempo real, en el Facebook, que la Suprema Corte de Justicia reconoció como legal, para toda la República Mexicana, el matrimonio entre personas del mismo sexo y que éste dejó de tener como función primigenia la reproducción.

Cosas inimaginables que tienen que ver con la democracia y cambios en la vida y el pensamiento de las personas, por fortuna; y ahora, este 20 de julio, como si nada, se reanudan materialmente las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

Hace 53 años, Cuba rompió con Estados Unidos y este país le aplicó un bloqueo económico que parecía interminable. Apenas y recuerdo el foquismo, la idea generalizada de que cualquier guerrilla en América Latina podría devenir en una Revolución, parecía una verdad infranqueable. Cómo imaginar que alguna vez el pueblo de Cuba podría discutir con el imperio y mantener su orientación política.  Y que esto, posible, no sea un motivo de discusión entre “comunistas” de que se trata de una “traición”.

La vida de una persona en tan poco tiempo puede experimentar un montón de cosas que antes se pensaban como verdaderas historias de ficción. No sólo en la tecnología. Recuerdo que hace 30 años, en el Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana me hablaron de la trasmisión de datos, voz y sonido por un teléfono. No lo creí. Llegó a mi mesa de trabajo como una estampida; igual pisé las calles de Berlín en febrero de 1990, pensando que sería muy complicada la unificación, la nueva moneda y la desaparición del miedo. Y sucedió.

Así que mi hermosa Isla, cuya Habana Vieja se ha ido restaurando, hoy se ve por toda la capital de la Isla como multiplican los paladares, la venta libre de artesanías, los viajes al extranjero desde hace tiempo; la posibilidad de disfrutar en una casa privada  las bellezas de Varadero, si nos habían dicho que ahí no se podía. La apertura en Cuba ha vivido un largo proceso. Por ello hoy nadie se desgarra las vestiduras, porque un sistema de economía planificada podrá convivir tranquilamente con el sistema capitalista, sin romperse.

Me entusiasma saber que no hay en mi alma temor a los cambios. Me siguen, eso sí, asombrando profundamente, porque hay cambios inmutables, por ahora, como la tozudez de los hombres del poder contra la mujeres pidiendo igualdad o equivalencia; porque todos estos terremotos tecnológicos y políticos, no son todavía capaces de convencer a la mitad de la población de algunos cambios profundos y necesarios en las relaciones entre hombres y mujeres.

Y mientas todo está listo para abrir este lunes la vieja mole gris construida para la embajada Cubana en Washington en 1917, y se recuperará esta enorme casa situada a tres kilómetros de la Casa Blanca, mientras este cambio sustantivo opera, todavía hay una voz, que parece de ultratumba que señala que las inquietantes y complicadas elecciones ayer en Chiapas, tienen que ver con la decisión del Tribunal Electoral de reconocer la paridad. Ayer todos los primeros comentarios sobre inconformidades e incidentes electorales fueron atribuidos al cambio de candidaturas para cumplir con el 50 por ciento de cada sexo en la listas.

Porque esas voces están ocultando la verdadera problemática en Chiapas: el atraso, la falta de vías de comunicación y, sobre todo, la pobreza y la marginación. No hay confusión por la paridad electoral, lo que hay es caciquismo, intereses inconfesables y desgobierno.

En 1994 en Chiapas  había esclavitud y los indios e indias eran marcados con un fierro ardiendo, con el sello del dueño de la finca de café, cuando el producto tenía comercio, precio y estaba íntimamente relacionado con el intercambio  internacional; increíble que  todavía hoy existan comunidades donde las niñas son vendidas o intercambiadas en matrimonio.

Es así como la vida personal se enfrenta a cambios, impensados y situaciones de ficción; también es verdad, que algunas de ellas,  se establecieron en el Código Napoleónico. Mujeres propiedad de los hombres.

O pienso en la creación de la idea de familia en el siglo XIX, por personajes tan apreciados como los liberales de la República que nos definieron como las reinas del hogar, y haya sido necesario explicar a los líderes partidarios que somos iguales y que la indias son seres humanos capaces de gobernar un municipio.

Increíble que a partir de esta semana se vaya a desdoblar en Cuba la bandera norteamericana y en Estados Unidos la de la República Socialista. Supongo que será para bien. No puedo pensar al contrario, porque he visto cómo –sobre todo luego de la desaparición de la Unión Soviética- no había, ahí,  aceite para guisar, ni una escoba para barrer, ni pantaletas para las mujeres. Hoy eso ya no existe, pero, sí, para quien pueda ofenderse, vendrá un tiempo de mayor consumo y las familias podrán reunirse, y habrá pintura Scherwin-Williams para remozar casas y edificios. Espero que  la imagen gris de los edificios, algunos bellísimos frente al morro, no será más así.

Dirán que me veo superficial. La vida está hecha de estas cosas. Y otras, también, espero que no se caiga la red tanto como ahora en los lugares donde la comunicación es fundamental en Cuba; no me da miedo que se pueda ver la televisión de cable, porque ya se hicieron arreglos hace mucho tiempo, pero las falta de información entre muchas personas hace pensar que ahora esta decisión acabará con la revolución y la autonomía de la Isla.

También espero que ahí, como sucede en México, más bien se trabaje para eliminar la violencia contra las mujeres, la que existe; que el machismo sea arrinconado; que la apertura permita ampliar la discusión de la igualdad, abierta lentamente en la Isla, pero todavía con muchos pendientes. Por fortuna llegará la gringada cuando ya en Cuba, es legal ser homosexual y es posible que entre los primeros cambios haya reconocimiento a la sociedad civil organizada.

Yo solamente espero que nadie se quede atrás, como la historia aquella de la película cubana, post revolución, Memorias del Subdesarrollo, porque la historia no es circular, sino va en espiral, como ya lo dijo hace mucho tiempo el tata, el abuelo, Carlos Marx.

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www.semexico.org.mx;www.almomento.mx

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