Dos tipos de cuidado

SARA LOVERA

En junio pasado conocimos el Índice de Normas Sociales de Género, un sondeo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en 80 países. Reveló que nueve de cada 10 personas creen que los hombres son mejores líderes políticos y mejores ejecutivos, y una cuarta parte justifica a los que son violentos y golpeadores contra sus esposas.

De México, indica que más del 90 por ciento de sus habitantes desconfía de las mujeres y más de la mitad duda de su capacidad política. Especialistas en desarrollo humano están perplejos, luego de una década de avance en el liderazgo femenino y a pesar de la visibilidad de las violencias contra las mujeres y efectivas movilizaciones.

El sondeo únicamente muestra números: iguales a diez años atrás. Se esperaba otro resultado, tras un periodo tan impactante como el movimiento #MeToo. ¿Resistencia pública? Asustados en la ONU, se preguntaron cómo se puede empeorar.

Tal vez ello explique la resistencia obvia, machista, atrasada, manifiesta en twitteros y “analistas” que llaman “fenómeno” al protagonismo de una mujer. O en clara alusión a la creencia de la debilidad femenina, afirman: ¿Y aguantará esta mujer los once meses que faltan para elección presidencial de 2024? ¿Sostendrá el ritmo? ¿Ha desestabilizado al proceso entre casi puros hombres? ¿Qué pasa?

A mi no me cabe duda. Xóchitl Gálvez Ruíz se ha colocado en “ese fenómeno”, porque frente al máximo representante de la misoginia en México, Andrés Manuel López Obrador, no tiene miedo; actitud no feminista, probablemente colocada en la época de oro del cine mexicano. Ahí está la película Dos tipos de Cuidado (1953). Pedro Infante y Jorge Negrete disputándose a Rosario, humillada frente al pueblo, y nadie hace nada. A ellos, empistolados y simpáticos, la gente los quiere. La cinta evidencia una injusticia, pero ella “aguanta”; al final, perdona. El duelo solo es de coplas.

Hoy, 70 años después, aquel drama/comedia se reedita en la narrativa pública; sin embargo, esta vez la protagonista contesta, reclama. Habla de llevar a tribunales al presidente de la República por violencia de género y por violar el secreto fiscal.

Lo que dicen algunos “columnistas”, acerca de que se trata de un espectáculo, realmente responde a una visión cultural introyectada hasta el tuétano, machista y autoritaria que repite y repite estereotipos.

Lo interesante como para pensar es lo que dice la senadora hidalguense en decenas de ciudades y espacios. En la entrevista de El Nido de la Garza que le hizo Mónica Garza, hace seis días, profundiza sobre su origen, su vida, su capacidad emprendedora. Es una narrativa de género —se diría— que se banaliza y no se entiende; una narrativa que puede ser crucial en los próximos meses.

No obstante, es una forma de conectarse con las mujeres, la mitad del electorado. Narra sin victimismo, pero con suficiencia, sobre sí misma, lo que viven millones de mexicanas cotidianamente: violencia de pareja, acoso, violación, irresponsabilidad paterna, cuidados, madres golpeadas, impunidad, ausencia del Estado: injusticias, una tras otra, pero ahora visibles.

Quienes dizque analizan ni ven ni entienden. Les ha pasado por encima la ola verde y la protesta creciente ante la violencia. Ofende su superficialidad y su ignorancia. Sospecho que el discurso de la senadora, progresista, además, llega ya a la conciencia de millones de mujeres, de todas las clases sociales y orígenes políticos.

Estas mujeres que entraron de sopetón a la narrativa feminista y que perdieron el miedo están alzadas. ¿No se dan cuenta? Ellos, impedidos por su perspectiva patriarcal, solo reaccionan confusos, miedosos e insensibles. Pero son ellas las que han puesto en la picota al gran patriarca. ¿Afectará el ánimo de las y los electores? Veremos…

* Periodista, directora del portal informativo http://www.semmexico.mx