Nostalgia de los educadores zacatecanos y sus caras de membrillo 

JAIME ENRÍQUEZ FÉLIX
La caligrafía es el arte de escribir empleando bellos signos. A veces las “patas de araña” que tratamos de descifrar en nuestra propia escritura o en la de algunos de nuestros congéneres, nos hacen pensar que se trata de un arte extinto, sobre todo ahora en que el “tipo de letra” se cambia en la computadora con singular facilidad, y en estos tiempos en que lo común son las abreviaturas en el teclado del teléfono móvil y el “TQM” sustituye los sonetos de Rubén Darío.

Tal vez no está de más repasar el descubrimiento de los estudiosos de la Universidad de Stanford que revelaron que la práctica de ejercicios de escritura es la mejor manera de mejorar el rendimiento académico de los estudiantes de secundaria y de ¡reducir la brecha racial de las minorías!, al permitirles ser más competitivos en su nivel escolar. Evaluaron unos 120 estudiantes de escuela intermedia de distritos escolares de Connecticut y Colorado. En Connecticut, alrededor del 50 por ciento de los estudiantes son negros y en Colorado alrededor del 50 por ciento de los alumnos son hispanos. El estudio fue realizado como sigue: en la semana dos del año escolar, los investigadores dieron a los estudiantes una «encuesta de pertenencia,» en la que describieron cuánto sienten que «pertenecen» o que son aceptados en su ambiente académico.

Alrededor de la semana cuatro del año escolar, los estudiantes recibieron una nueva encuesta preguntándoles sobre sus valores personales, incluyendo disfrutar de los deportes, ser bueno en arte, tener un sentido de humor, convivir cotidianamente con amigos o familiares y ser creativo. Pronto descubrieron la correlación entre su habilidad para concentrarse y sobresalir en los estudios, con la calidad de su escritura. La letra importa, concluyeron.

La tradición afirma que los caracteres chinos, la forma más antigua conocida de escritura, fueron inventados 2 mil 650 años antes de Cristo. La cultura china concede una gran importancia a la caligrafía. Ésta se fundamenta en la belleza visual de los ideogramas, la técnica de su realización y los preceptos metafísicos de la cultura tradicional china. Se cree que muchos de los éxitos del pujante país tienen que ver con el esfuerzo de sus profesores para enseñarles caligrafía. La dedicación en ese esfuerzo educativo, ha rendido frutos.

La caligrafía occidental por su parte, se desarrolló mucho más tarde y de forma totalmente independiente. Su origen es el alfabeto latino, con el que en la Edad Media escribían los monjes copistas sobre pergamino. Aproximadamente en la misma época la cultura islámica desarrolló su propia caligrafía, basada en el alfabeto árabe, y debido a la prohibición religiosa de representar seres vivos, la convirtió en un arte decorativo de amplio uso en la arquitectura. Tras la invención de la imprenta por Gutenberg, los libros terminaron por tomar relevancia: la tipografía empezó a sustituir a la caligrafía, pero no está de más que pongamos a nuestros niños a escribir. Dicen que la letra con sangre entra. Algún día nos lo agradecerán. Como los zacatecanos hoy agradecemos a nuestros profesores de los tiempos idos, cuando llenábamos planas y planas de palitos, círculos y demás, que “soltaban” la mano y dejaban fluir la inteligencia.

En la escuela primaria anexa a la Normal, la maestra Soledad Fernández supervisaba directamente esa actividad, y en ocasiones, reemplazaba por horas al profesor para revisar posturas, colocación de la mano en un cuaderno especial –con más rayas que las tradicionales- el uso del lápiz y no la pluma, la posición del brazo, la inclinación de la figura, el inicio y finalización de los trazos en el renglón… todo un arte que nosotros, como niños, veíamos innecesario pero que era válido para quienes con disciplina y conocimiento educaban a los niños de la entidad, para configurar los talentos del futuro.
Nuestros padres, al inscribirnos en las Primarias, le aclaraban al profesor o al director, que la entrega del hijo para ser educado, era absoluta. Por ello, las varas de membrillo –flexibles y duras como el acero- al acariciar con fuerza nuestras manos, nos recordaban la disciplina. Las patillas que lucíamos pegadas a la oreja, eran otro elemento de llamada de atención, tanto de los curas como de los profesores. Si el concepto estaba o no equivocado, así crecimos, así nos desarrollamos y así nos multiplicamos. La disciplina de la casa y de la escuela estaban absolutamente armonizadas: había complicidad entre mentores y padres para formarnos de una sola pieza como ciudadanos del mundo, porque muchos más de un millón, en diferentes épocas, hubimos de abandonar estas bellas tierras para buscar el pan y la sal en latitudes tan distantes como los Estados Unidos, Manila, Canadá, Alaska, Coahuila, Monterrey y, desde luego, la zona metropolitana del Estado de México, fundamentalmente Atizapán de Zaragoza –de donde se decía que disputábamos el natalicio con Guatemala, de aquel presidente Don Adolfo López Mateos- Ecatepec y Nezahualcóyotl.
Nuestro reconocimiento y homenaje a los educadores de este Estado de Zacatecas, que crearon una generación amplia de hombres y mujeres con disciplina, creatividad e inteligencia.

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