Hacer campaña hablando de impuestos

(Primera de dos partes)

Una de las más claras expresiones de la mediocridad de nuestra clase política es la incapacidad para construir un Estado de Bienestar en México a lo largo del Siglo XX.

Nuestra gran paradoja histórica es que el supuesto régimen revolucionario nunca tuvo como consecuencia un diseño institucional re-distributivo, en términos de ingreso y riqueza, ni un Estado fuerte que garantizara las llamadas garantías individuales consagradas a nivel constitucional.

Esto se debe, en gran medida, a que México es un país que nunca se decidió a cobrar impuestos. Optamos por vivir de las rentas y de la explotación irracional de los recursos naturales (más escasos de lo que se cree) a nuestra disposición: la tierra y el petróleo, como ha descrito Macario Schettino en sus “Cien años de confusión”.

Es de tal magnitud el tamaño del problema que, por ejemplo, hoy en día México recauda en impuestos el equivalente al 11% de su Producto Interno Bruto (PIB); El promedio entre los países de la Unión Europea es de 40% y entre los países de la OCDE, de 36%. Los países con más altos niveles de desarrollo humano, como Suecia, Noruega y Dinamarca recaudan alrededor de un 50%.

Cuando hablo de la baja recaudación hay dos lugares comunes que siempre se esgrimen: el primero, que somos un país pobre y el segundo, que somos un país corrupto. Y que esos dos factores constituyen una especie de “idiosincracia” que no se puede combatir.

Y aunque aclaro que estoy de acuerdo con que son injustificados los excesivos sueldos y bonos de los funcionarios, y que para cobrar mejor hay que generar mayor confianza y transparencia, también señalo con claridad que ambos argumentos son falsos.

En primer lugar, estamos hablando en términos relativos. Aun siendo países ricos, hablamos de que recaudan un porcentaje determinado de la riqueza que generan, independientemente a que sea mucha o poca.

Pero, además, si nos comparamos a países de características similares en cuanto a riqueza y/o niveles de corrupción, igual estamos por los suelos. Brasil y Argentina recaudan, en promedio, un 32% de su PIB.

Nicaragua, que tiene un ingreso per cápita 5 veces menor a México (situándose en el lugar número 122 del mundo en dicho rubro) recauda más del doble que nosotros: 26% del PIB. Honduras, con un ingreso per cápita que equivale al 25% del mexicano, alcanza una recaudación tributaria del 21% de su PIB.

¿En estos países no hay corrupción del gobierno? ¿No hay pobreza? ¿No hay desigualdad? Claro que las hay. Quizás solo haya, claramente, menos corrupción que en nuestro país precisamente en ese tema. Porque cada impuesto no cobrado es una injusticia para quienes menos tienen y un negocio para alguien.

En palabras más claras: cada impuesto no cobrado es un robo a los más pobres. Pues mientras 95 de cada 100 pesos de Impuesto sobre la Renta que se cobra en México lo pagan el 30% más rico de los mexicanos (según datos de la SHCP), el 60% de esos recursos los reciben los mexicanos en condiciones de pobreza por la vía del gasto público.

Un dato especialmente escalofriante es el que tiene que ver con el Impuesto Predial. Porque ahí, la clase política no pueden esgrimir que la responsabilidad sea federal, ya que todos han gobernado a nivel local, en mayor o menor medida.

En materia de predial, México recauda, en términos proporcionales, 23 veces menos que el Reino Unido, 15 veces menos que Estados Unidos, 8 veces menos que Argentina y 4 veces menos que Venezuela. Recaudamos menos, incluso, que Bolivia y Perú.

¿Cuál es la idea de justicia que justifica no cobrarle impuestos a quienes más tienen?

Seguramente la misma idea de justicia que ha llevado a cientos de políticos, incluyendo a los de partidos supuestamente progresistas como el PRI, el PRD o el PT, a proponer la desaparición de la tenencia. Un impuesto totalmente redistributivo y pro-ecologista.

Pero eso sí. Esos mismos alcaldes, diputados y gobernadores que hacen del “no más impuestos” una bandera de campaña, son los primeros en estirar la mano para “bajar” recursos (como si el gasto público se creara por generación espontánea y se alojara en las montañas).

Esa es la incongruencia de nuestra clase política, que además del daño patrimonial que hacen con su postura fiscal, generan patrones de conducta nocivos para el país.

De eso hablaremos la próxima semana y de por qué los políticos que hacen campaña bajo el slogan de “no más impuestos” solo pueden hacerlo por alguna de las siguientes razones: porque son unos ignorantes, unos corruptos o ambas cosas.

*Diputado local

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