Conjura contra América

GERARDO LUNA TUMOINE

Para muchos autores, la consolidación de Estados Unidos como potencia hegemónica posterior a la Guerra Fría fue importantísima para la exportación de los derechos constitutivos de las democracias liberales. Esta aseveración tiene sus matices, pues es innegable que la existencia de un bloque socialista empujaba a las potencias occidentales a ofrecer un estado de bienestar en que las clases obreras y los grupos identitarios se vieran representados para así no verse tentados a orbitar hacia los centros de gravedad pro-soviéticos.

En este escenario multipolar se fueron fortaleciendo ciertos derechos civiles y democráticos que, desde los años 80 y con la caída de la URSS se han deteriorado, creando tensiones que, producto de la misma dialéctica histórica, han alcanzado cierto nivel de masa crítica.

En días pasados vimos resultado de la decadencia democrática y un nuevo auge del conservadurismo sistémico de EUA. La desregularización de las armas y la decisión de la Suprema Corte en contra del derecho de las mujeres a elegir sobre su propio cuerpo son muestra de ello.

La regresión y evidente decadencia norteamericana, la cual pierde cada vez más terreno frente a China y a resultado inesperadamente lacerada en efecto boomerang por sus sanciones Rusia, ha provocado una crisis social que pone en peligro las victorias en derechos humanos que se han alcanzado.

Como tratábamos en la anterior columna, hay un auge de autoritarismos conservadores que se resisten al progreso de derechos identitarios.

La ebullición del armamentismo estadounidense es un síntoma de esta tensión. La portación descontrolada de armas ha sido uno de los estandartes de los sectores más reaccionarios, basta ver como los estados en que las armas tienen menos control son a su vez los estados más hostiles con los derechos de género, migración, raza y diversidad.

Este escenario es resultado de los estertores de una estructura caduca que se niega a morir. Las exigencias de un mundo cambiante nos requieren adaptarnos y ser flexibles, requiere de nosotros escuchar las demandas de aquellos que han sido olvidados por la globalización y el neoliberalismo.

La globalización conservadora que se ha estado construyendo frente al auge de las identidades es una amenaza para el futuro mismo de la democracia.

Al igual que Roma, España e Inglaterra, estamos viendo la lenta pero imparable implosión de una fuerza imperial, con las crisis sociales que esa decadencia implica. El poder económico y político de Estados Unidos ha estado en decadencia, y aun así, se niega a ceder su lugar. No puede continuar ignorando las voces que demandan cambio, de lo contrario, continuarán emergiendo autoritarismos de todo tipo que amenacen con destruir todo lo que se ha logrado.

La democracia no es una estructura inamovible, es un proceso en constante evolución y que debe estar en constante diálogo con la sociedad. Los gobiernos deben estar atentos a las necesidades de la gente y responder a ellas de manera oportuna y eficiente, de lo contrario, la democracia perderá terreno y abrirá paso a una nueva forma de autoritarismo conservador.

“Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también”. Milan Kundera.

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