La jefa

JAIME ENRÍQUEZ FÉLIX

Eran los años 50’s, y como en cada una de las vacaciones “largas”, -aquellas que se dan entre uno y otro ciclo escolar- nos preparábamos para ir al rancho de San José, que hoy cruza la carretera Fresnillo – Jerez, más por aquellos días, había que llegar primero a Enrique Estrada para después, a través de caminos de herradura, arribar al rancho del abuelo.  Se tenía que cruzar un río.  Nos bajábamos todos los niños, mientras mi padre colocaba varas de jaral en las zonas secas, porque el atasco del vehículo era seguro.  Permanecíamos dos meses en la casa grande del abuelo Chilo, viudo, comiendo carne seca y salada, queso fresco de vaca, leche recién ordeñada y calentita, y una que otra caza silvestre: pita cochas, palomas  y a veces un marrano, al llegar o al regresar a Zacatecas.

Una de las primeras tardes de aquella época de descanso, salimos a recoger manzanillas.  Íbamos todos los hijos junto a mi madre.  De pronto empezó a nublarse y a oscurecerse la tarde sobremanera.  Amenazaban los rayos y empezó a llover.  Presurosos, enderezamos el regreso.  Mi madre extendió el rebozo sobre sus brazos, cubriéndose la cabeza, y como si fuera a empollar nos cubrió a todos, sus hijos.  Es para mí, por mi edad de aquellos años, apenas un recuerdo tenue, pero que siempre he llevado en la memoria.  De pronto, un animal de cuerpo grande y cuyos ojos brillaban, empezó a seguirnos.  Mi madre impidió que aceleráramos el paso y empezó a rezar La Magnífica, una oración bien conocida por nosotros, quienes la recitábamos mientras volteábamos con temor al escuchar los rugidos del animal y mirar sus ojos y sus fauces.  En nuestras fantasías, pensábamos que se trataba de un oso, un lobo o un coyote.  La angustia era grande.  Cuando oímos ladrar a los perros de la casa, sentimos que la vida estaba salvada. Nos encontraron y persiguieron enseguida a ese animal que nunca supimos en realidad, de qué se trató. En las pláticas posteriores, hasta un leopardo –animal que todavía había en la zona en esos tiempos- resultó considerado en la lista de posibles especies amenazadoras. Conocimos de ese modo, lo milagroso de La Magnífica y de tantas letanías que mi madre sabía de retahíla.

Doña Consuelo Félix Félix quedó huérfana al nacer el sexto hijo.  Entonces murió mi abuela Martina.  El benjamín fue entregado a sus padrinos para su crianza y los otros hijos vivieron entre el Internado de Guadalupe y la escuela de las Villagrana, que debió haber sido, según ella misma narraba, algún tipo de hogar – hospicio, que estaba en la casa de los Lugo en la Plazuela de Villarreal.  Un tío, Raúl, vivió en el rancho del abuelo, el otro con los padrinos, en tanto que cuatro deambulaban por la ciudad de Zacatecas en diversas casas para niños, hasta lograr establecerse como familia, al cumplir quince años la mayor y buscar organizar la vida entre ellos mismos.  Mi tío Arcadio se fue a la Ciudad de México.  Regresaba cada año, con amigos enfundados en trajes negros, que decían estudiar Medicina.  Él tocaba varios instrumentos musicales, era tapicero y carpintero y  hacía guitarras con sus propias manos, inclusive.  Sabía pintar “fino”, muebles de alta calidad como los pianos, a los que les daba un acabado de “muñeca”.  Terminó sus días como profesor rural, tradición que en la familia se ha desarrollado hasta la actualidad.  Prácticamente todos hemos sido educadores. 

A mamá le correspondió ser el núcleo de la familia.  Lucharon contra las hostilidades del entorno de los años 30.  Consiguió ser secretaria titulada, egresada de una de las academias de mayor prestigio en la ciudad, la de la señora Lira, y casó posteriormente para engendrar siete hijos.

Las dificultades financieras de la familia, obligaban a mi padre a dejar Zacatecas una vez al año.  Se iba de bracero a Oakland, California, y permanecía allá entre seis y ocho meses.  Una vez pagadas las deudas y restituida la economía, continuaba con su modesto negocio de abarrotes, que mi madre asumía en su lugar, en los periodos obligados.  Se convertía entonces en padre y madre de los siete hijos de la familia, además de ser responsable de la tienda en la que ayudábamos de manera colectiva.

Nacimos en la Avenida Morelos y allí vivimos prácticamente toda nuestra vida.  Nuestra casa se convirtió en la casa de los amigos, con la cocina siempre abierta, con gorditas, tacos de papa y de frijoles, frijoles con arroz, tostadas y, sobre todo, un chile rojo con tomate que hacía a mano mi madre, lo que le valía terminar enrojecida, para probarla finalmente con una tortilla, con los ojos llorosos, pero que resultaban ser una bendición para tantos amigos como los que con mucha frecuencia se daban cita en nuestro hogar.

Estábamos bien organizados: en la casa del doctor González tomábamos los chocko milks, que licuaba en un aparato igual al que tenía Don Mónico en un pequeño tabarete del Jardín Independencia.  El cine era en la casa de los “Gacelas” González.  La religión en el domicilio del ingeniero Alfredo Ramírez…y así: cada quien asumía su rol.  Indudablemente, doña Consuelito, como la llamaban, era la cocinera del barrio. 

Ya anciana, mantuvo su tienda en el Pasaje Comercial número 21, en el Centro. Era cotidiano verla por las mañanas, caminando de su casa a su tienda, apoyada en su bastón y cargando dos bolsas con comida para sus compañeros del Pasaje, quienes tanto la apreciaban.

Mamá fue un ser absolutamente dulce, pero con la firmeza de la madre zacatecana que tiene como objetivo formar a sus hijos.  Cuando íbamos a alguna fiesta, al amanecer del día siguiente, nos levantaba en punto de las seis, como todos los días, para que acudiéramos puntuales a las clases del Instituto de las 7 horas.  Recuerdo claramente su frase: “así como te divertiste, tienes que trabajar”.

De los trajes viejos de mi padre o de mi abuelo paterno, volteaba la tela para hacernos chamarritas y otros implementos.  Siempre que tenía a mano un trozo de cuero, colocaba a los trajecitos tiras tejanas y nos convertíamos en elegantes modelos de sus creaciones.  Recuerdo el vestido de quince años que tejió con todo y cola, cuando mi hija Tania iba a festejar tan celebrada fecha.  No hubo nieto o bisnieto que no tuviera cobijas, zapatitos, chambritas –todo hecho a mano, después de atender su hogar y trabajar en su tienda prácticamente todo el día-  Nunca dejaba de tejer.

Doña Chelo no fue una madre heroica ni madre de héroes.  Sencillamente pensó en formar ciudadanos, sanos, libres y buenos hijos para su ciudad.  Tengo en la memoria el día que dejé Zacatecas al terminar mis estudios y no encontrar ubicación laboral.  Iba yo en la noche, con mi maleta de hoja de lata que vendían en la Calle Nueva, llena con una poca de ropa.  Me acompañó hasta los camiones Estrella Blanca para darme el adiós y la seguridad de que pronto tendría un buen trabajo.  Sus cartas semanales plenas de fuerza y consejos eran esperadas por mí con emoción y, lo más bello, enviaba un giro telegráfico quincenal de su pobre economía, para ayudarme a mantenerme en la Ciudad de México.  Nunca los cobré. Meses después se los devolví y fue grande su enojo, acusándome de orgulloso.  Pero así son las madres zacatecanas, abnegadas, entregadas, pensando en la siguiente generación, viviendo a través de nuestras vidas su propia felicidad, que nunca veían como un sacrificio.

Una noche, cuando había ya sido candidato a Gobernador, me contó que, hombres del gobierno la visitaban en su negocio para inferirle y aconsejarla, diciéndole que tenía un hijo muy valiente y audaz para la política, pero que se lo iban a matar.  Doña Chelo nunca me contó nada, nunca me intimidó y esperó a que pasaran los meses para referirme aquellas amenazas. Recuerdo que durante esa campaña permanecí prácticamente dos años en la Ciudad, viviendo en su casa y visitando el Distrito Federal cada quince días, los lunes.  Salía temprano, con un chofer a visitar comunidades.  Regresaba, o muy noche o dos o tres días después.  La sirvienta le contaba: “vino el joven, se disfrazó de tejano y se fue”.  Muchas deben ser las asistentes que la recuerden con cariño: las ponía a estudiar primaria y secundaria.  Algunas hay que son profesionistas, como Lupita, quien fuera la nana de mi hija Tania.  Las casaba, y las convertía en hijas de la familia de hecho.  Su objetivo era siempre cuidarlas y desarrollarlas, aunque sabía que ese mismo proceso de crecimiento las empujaría algún día a irse lejos. 

La fuerza que tenemos sus hijos, es obviamente el ejemplo que ella nos heredó.  Una familia como la nuestra -y muchas zacatecanas- donde el patriarcado es severo en los primeros años y donde, suavemente, la mujer gira la correlación de mando hasta convertirse en matriarcado en la época final de la vida de la pareja.  Así, mi madre vivió 84 años plenos.  Sólo dejó de trabajar el último de ellos, que resultó desde luego la catástrofe de su salud.  Pero, atravesar el bulevar como lo hacía,  una o dos veces al día, era un peligro para ella y un temor constante para sus hijos.  A pesar de que había compromisos para llevarla o traerla, se escapaba, quería caminar, oler la ciudad, saludar a su gente y, sobre todo, vencer los desafíos, en una actitud  que era una parte muy suya, de su filosofía. 

Era feliz yendo a la feria de Jerez y escuchando el Caballo Mojino.  Era feliz cuando vivía el éxito de alguno de sus hijos.

Su cuerpo se quebró muchas veces. Quizá diez: un fémur, una mano… porque su inquietud por caminar fue permanente.  Cuando los médicos le habían colocado el yeso y le empezaba la picazón que es inherente al mismo, con un cuchillo lo cortaba y continuaba su vida.

Vivió hasta que quiso.  La vi una semana antes de morir. Ya sin deseos de seguir viviendo.  La había visto así cinco años antes, pero encontró nuevas fuerzas y motivos para seguir adelante.  Esta vez si pensé que era la última, pues su mirada no tenía el reto que siempre la había poseído.

Que La Jefa descanse en Paz, como un ejemplo de las muchas madres zacatecanas como ella: sacrificadas, entregadas y ejemplares.   Será siempre nuestro mejor ejemplo y nuestro más grande amor.

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