La Casa de los Perros | La violencia no se borra con censura

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

En la tierra donde el silencio se impone a balazos y las calles llevan la firma de la pólvora, Zacatecas se enreda en el debate eterno: ¿se puede censurar la violencia con decretos?

La política, con su pretensión de orden, intenta ahora ponerle bozal a los narcocorridos y corridos tumbados, como si la prohibición fuese un conjuro capaz de exorcizar la realidad.

Pero la historia ha demostrado que las prohibiciones no eliminan los fenómenos que pretenden erradicar; más bien los fortalecen, los convierten en símbolos de resistencia y en gritos de desafío.

La diputada del Partido del Trabajo, Renata Ávila Valadez, en un ejercicio de equilibrio discursivo, defiende la idea de que la cultura no se censura, se comprende.

Sostiene que la música, por más cuestionable que sea, es reflejo de la sociedad que la crea y consume. Es una postura que reconoce la inutilidad histórica de las prohibiciones: durante el franquismo en España, se prohibió la canción “Macorina” de Chavela Vargas por considerarse inmoral; en la Alemania nazi, se quemaron libros de Freud, Kafka y Brecht por ser considerados “degenerados”; en Chile, la dictadura de Pinochet vetó la música de Violeta Parra y Víctor Jara.

Y en México, desde los años 70, se ha intentado censurar la música de protesta y, más recientemente, los narcocorridos.

Del otro lado, la diputada de Movimiento Ciudadano, Ana María Romo Fonseca, argumenta que no se trata de censura sino de regulación.

Sostiene que el Estado tiene la obligación de evitar la normalización de la violencia, sobre todo en niños y jóvenes, que los narcocorridos han pasado de ser relatos populares a campañas de reclutamiento y propaganda criminal.

La lealtad hacia los capos, el dinero fácil, los excesos y el lujo son los temas que predominan en estas canciones, donde la sangre y la muerte se narran con un ritmo pegajoso.

Argumenta que, por ello, el Estado debe impedir su difusión en espacios públicos, especialmente en bares, restaurantes y ferias populares, donde esta música se convierte en la banda sonora de una sociedad fracturada.

El Ayuntamiento de Jerez ya tomó partido y estableció un protocolo que prohíbe la interpretación de estos temas en su Feria de Primavera.

La medida se ampara en la urgencia de frenar el baño de sangre que ha convertido al municipio en un pueblo fantasma, donde la música ya no suena en las cantinas porque sus parroquianos huyeron o murieron.

Edgar Álvarez, presidente del Comité de Feria, reconoció que este género es “música de moda”, pero justificó la medida bajo el argumento de que la sociedad jerezana merece eventos culturales que no exalten la violencia.

Pero hay un problema: las prohibiciones suelen ser contraproducentes.

La censura no elimina los discursos, los convierte en clandestinos, los mitifica, les da una carga de rebeldía que los vuelve aún más atractivos.

Que se lo pregunten a “Los Alegres del Barranco”, cuyas visas fueron canceladas en Estados Unidos por rendir honores en sus canciones a El Mencho.

¿El resultado? Publicidad gratuita, un refuerzo de su imagen de mártires del sistema.

A lo largo de la historia, los intentos por prohibir expresiones artísticas han fracasado porque las causas que las originan siguen latentes. El narcocorrido no es la causa de la violencia; es su reflejo.

La pregunta real no es si debemos prohibir los narcocorridos, sino por qué son tan populares.

¿Qué mensaje ofrecen que resuena tan profundamente en la juventud? ¿Por qué la narrativa del sicario poderoso y el dinero fácil resulta más creíble que la del esfuerzo y el estudio?

En un país donde la pobreza sigue siendo la cuna del sicariato, tal vez la clave no está en silenciar las canciones, sino en cambiar la historia que las inspira.

Sin oportunidades reales, con un sistema educativo precario y un Estado ausente, los jóvenes encuentran en estas letras un escape, un modelo aspiracional, una esperanza distorsionada.

No es la música la que debe cambiar, sino la realidad que la alimenta. Mientras la desigualdad persista, los corridos seguirán sonando, prohibidos o no.

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