La Casa de los Perros | El secuestro en Zacatecas, el infierno que no cesa
CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Fresnillo no es un lugar. Es una herida abierta. Las estadísticas que se acumulan en los informes oficiales no alcanzan a narrar el dolor de las familias que esperan, que buscan, que claman por justicia. Pero los números, aunque fríos, no mienten: Fresnillo es el epicentro de un infierno que se extiende como una mancha de aceite por Calera, Villanueva, Guadalupe y más allá.
Los secuestros en Zacatecas son como dos pulsos distintos: unos relámpagos, rápidos y brutales, otros una agonía prolongada. No hay lógica, solo un patrón que mezcla la avaricia con la crueldad: secuestros exprés para el dinero rápido y cautiverios largos para los que valen más como moneda de extorsión o trata.
Y si los secuestros son la mordida visible, las desapariciones son el vacío. Entre enero y febrero de 2025, la Fiscalía General de Justicia de Zacatecas contó 106 desapariciones: 48 personas siguen sin aparecer. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) de la Secretaría de Gobernación marcó 81 casos, 48 también sin rastro.
Las cifras no coinciden. Una discrepancia que desvela el caos burocrático y la falta de coordinación.
Una plaga que no distingue género ni edad, aunque los varones jóvenes llevan la peor parte. Setenta y cuatro hombres, treinta y dos mujeres, los desaparecidos durante los dos primeros meses del año según la Fiscalía de Zacatecas. Cincuenta y tres hombres y veintiocho mujeres, en el mismo periodo, según el RNPDNO.
Fresnillo, Guadalupe, Zacatecas capital, Calera. Nombres que se repiten como un mantra maldito.
Veinticinco desapariciones en Fresnillo. Dieciocho en Guadalupe. Once en Zacatecas capital. Once más en Calera. Villanueva, Tlaltenango y Cuauhtémoc se reparten seis cada uno.
Cada número es una historia truncada, un futuro robado, una familia destrozada. Y mientras tanto, el corredor criminal se fortalece, como una serpiente que se alimenta de la impunidad.
Pero hay un número que duele más que todos, un número que debería sacudirnos hasta los huesos: durante el sexenio del actual inquilino de La Casa de los Perros, hay registro de tres mil 586 desaparecidos de los que mil 757 aparecieron vivos. Sí, porque 236 fueron localizados sin vida. Doscientos treinta y seis rostros que nunca volverán a sonreír, doscientos treinta y seis nombres que se suman a la lista interminable de víctimas.
¿En dónde están los otros mil 829 demás? ¿En fosas clandestinas? ¿En manos de los verdugos? ¿O simplemente se han convertido en polvo, en memoria, en dolor?
¿Dónde está el Estado? ¿Dónde están las respuestas? Las autoridades actúan, sí, pero sus esfuerzos parecen insuficientes frente a la magnitud del horror. Las familias de las víctimas no quieren discursos ni promesas. Quieren a sus hijos de vuelta. Quieren justicia. Quieren paz. Pero la paz en Zacatecas es una quimera, un espejismo que se desvanece en el horizonte. Un decreto fallido.
Los adolescentes y jóvenes son las principales víctimas, pero la violencia no discrimina. Arrasa con todo a su paso: niños, mujeres, hombres, ancianos. Las mujeres adolescentes, sin embargo, cargan con un peso adicional: la sombra de la violencia de género, el miedo a lo que podría ser peor que la muerte.
Zacatecas es un espejo de lo que ocurre en gran parte del país: un Estado fallido, un sistema quebrado, una sociedad que clama auxilio. Pero también es un recordatorio de que detrás de cada número hay un rostro, un nombre, una historia. Historias que no deben olvidarse. Historias que exigen justicia.
Mientras Fresnillo siga siendo el epicentro de la violencia, mientras el corredor criminal siga extendiéndose, mientras las familias sigan esperando noticias que nunca llegan, Zacatecas seguirá siendo un infierno.
Y nosotros, desde la comodidad de nuestras casas, seguiremos leyendo las cifras, indignándonos por un momento y luego volviendo a nuestra rutina. Pero el infierno no cesará. No hasta que alguien, algo, lo detenga.
Hoy, Zacatecas clama auxilio. Y se alegra, sí, con la noticia de la liberación por parte de la Guardia Nacional de 10 hombres, mujeres y adolescentes que yacían hacinados en un predio en la comunidad La Casita, por el rumbo de Sain Alto, en un inmueble construido de tablas, con techo de lámina, cubierto con plástico negro.
Adentro, la tierra era dura, sin más. El suelo de terracería devoraba el polvo de cada paso. Las sillas negras, plegables, parecían fantasmas cansados, arrimadas a las paredes descascaradas. Cajas de refresco de plástico, vacías de líquido, pero repletas de miserias ajenas, guardaban lo poco que los cautivos aún podían llamar suyo. Entre la mugre, platos de unicel con restos de comida seca y envolturas arrugadas de sopa instantánea; la evidencia muda de días sin nombre.
Las víctimas dormían como podían, tendidas sobre lonas de plástico, cubiertas apenas con cobijas tan delgadas como el aire. No había escape. Cadenas gruesas de metal —frías, pesadas, implacables— les mordían los tobillos, los mantenían clavados a ese rincón sin cielo. No hubo opción, ni acuerdo. Fuentes cercanas lo dijeron claro: ahí no había voluntades, sólo capturas.
Los relatos locales son fragmentos sueltos, como si cada testigo cargara un pedazo de la historia. Algunos contaron que sólo salieron a la tienda, otros esperaban un transporte que nunca llegó, y unos más caminaban por las calles sin saber que, con cada paso, se acercaban al borde del abismo. Los llevaron. Sin aviso. Sin razón
Diez víctimas. Cinco mujeres y cinco hombres. A simple vista, un equilibrio frío, mitad y mitad. Pero las mujeres adolescentes cargan algo más pesado que el miedo: una vulnerabilidad feroz. Porque en Zacatecas, las niñas no únicamente desaparecen; las roban, las arrancan, las marcan.
El 25 de diciembre de 2024, Araceli, de 12 años, en Villanueva fue secuestrada. Valeria, de 19, iba en compañía de su hermana Aidé Alondra de 15 años, el 21 de diciembre. Durante el rescate sólo Valeria fue liberada. Aidé Alondra continúa como no localizada.
Arrancó el 2025, el año del bienestar, y Paola, de 16 años, fue secuestrada en Calera, el primer mes del año. Martha, de 35, lo fue en febrero, en Fresnillo. De Flor, de 17 años, no hay datos, sólo que el alma le volvió al cuerpo tras el operativo de las fuerzas militares.
Durante los 56 días transcurridos de este 2025, Alejandro de Jesús, de 15 años, fue secuestrado, al igual que Daniel, de 20 años, y Luis, de 55 años, en Fresnillo. Maximiliano, de 20 años, y Patricio, de 22, igualmente fueron privados de su libertad en ese lapso.
Las edades de las víctimas son un puñal al corazón: 12, 15, 16, 17 años. Adolescentes que deberían estar en las aulas, en los parques, en los brazos de sus familias, no en las garras de la bestia.
Hoy el corazón respira aliviado, un poco, porque todavía son muchos, muchos más los desaparecidos que en algún lugar gritan. Y doscientos treinta y seis muertos que exigen a la fallida nueva gobernanza y a la Cuarta Transformación, justicia.
Los vecinos caen, los hijos no vuelven, las hijas se esfuman. Y la respuesta oficial es un eco vacío. Cifras que no cuadran, esfuerzos que no alcanzan. Porque cada número es una vida perdida, y cada desaparición, un hogar destrozado.
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