Con Singular Alegría | Enrique Bátiz Campbell falleció
GILDA MONTAÑO HUMPHREY
Hoy (domingo) falleció Enrique Bátiz Campbell, el mejor director de orquesta que ha tenido este país.
Fue invitado por Carlos Hank González en 1971 para fundar y dirigir la Orquesta Sinfónica del Estado de México. Durante el gobierno de Alfredo del Mazo González, estuvo fuera de la orquesta, pero regresó a dirigirla con Ignacio Pichardo Pagaza. Finalmente, dejó el cargo cuando Alfredo del Mazo Maza era gobernador, tras una denuncia que, posteriormente, él ganó.
Hablar de él es hablar de una de las figuras más importantes y trascendentes que ha tenido este país, tanto en el último cuarto del siglo pasado como en lo que va de este.
Fue un hombre muy querido, pero también muy odiado; extremadamente exigente con su orquesta, y precisamente esa disciplina la consolidó como la mejor del país. Bajo su dirección, la agrupación llegó a escenarios internacionales, llevando la cultura de México y del Estado de México a Europa, Asia y Estados Unidos. Sin duda, gran parte de la proyección cultural de la entidad se debió a las presentaciones de su orquesta a lo largo de su vida.
Recibió la Presea Estado de México y, por siempre, será recordado como su director emérito.
Enrique Bátiz Campbell dirigió algunas de las orquestas más prestigiosas del mundo, entre ellas la Royal Philharmonic de Londres. Fue un genio musical, un niño prodigio que a los cinco años ofreció su primera presentación pública al piano.
Nació el 4 de mayo de 1942 y falleció hoy a las 6:30 de la mañana. Hasta sus últimos momentos, estuvo acompañado por Amelia Guízar, nuestra entrañable amiga, quien lo cuidó con devoción. Cuando le llamé, aún se encontraba en el hospital.
En años recientes, enfrentó una acusación de violación por parte de una mujer suiza, quien presentó la denuncia 25 años después de los supuestos hechos. El juicio —que seguí de cerca— lo ganó, y con ello se cerró ese capítulo. Sin embargo, nada empañó el legado ni el prestigio del maestro Bátiz, cuyo lugar en la historia de la música mexicana permanece intacto.
A mediados de 2018, durante un homenaje musical a Gabriel García Márquez realizado por la OSEM, Bátiz expresó su profunda satisfacción por haber pertenecido a la agrupación durante 46 años: «Estoy muy contento y honrado de haber trabajado, y seguir trabajando, por la cultura musical a través de la OSEM». Recién lo había visto en Toluca, donde me reiteró esas mismas palabras.
Sin embargo, el 7 de febrero de ese mismo año, tras 46 años como director titular, fue sustituido por Rodrigo Macías, según informó el patronato de la institución. Pese a su trayectoria y a ser el fundador de la orquesta en 1971, nunca recibió el título de director emérito.
Su discografía incluye más de 100 grabaciones orquestales, de las cuales casi todas me obsequió. Recuerdo que la única petición que me hizo el entonces gobernador Ignacio Pichardo Pagaza aquel 11 de septiembre de 1989, cuando llegamos, fue: «Cuide mucho a Enrique Bátiz». No fue fácil, pero lo hice.
Bátiz debutó en el Palacio de Bellas Artes en 1969, dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Xalapa. Venía de formarse durante años en la Juilliard School de Nueva York, donde conoció a su esposa, la pianista Eva María Zuk, también estudiante de la institución. Con el tiempo, ella sería reconocida como una de las mejores pianistas del mundo. Tuvieron dos hijos: una escritora y un economista —Tita y Tito—. Además, Bátiz tuvo una tercera hija, Milena, igualmente destacada. A los tres los amaba profundamente y siempre se mostró orgulloso de sus logros.
Comunicado de la Universidad de Hidalgo sobre el fallecimiento del Maestro Enrique Bátiz
Hoy, la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, a través de su rector, Octavio Castillo Acosta, informa con profundo pesar el fallecimiento del director artístico de la Orquesta Sinfónica de esta casa de estudios. Sabemos que ahora se encuentra en paz.
Una anécdota en su memoria:
Lo que relato a continuación ocurrió hace cuatro años, pero he querido compartirlo hoy, tras su partida esta mañana. Aunque su voz se ha apagado, su legado perdura. Por siempre será recordado como el excepcional director de la Orquesta Sinfónica del Estado de México, agrupación a la que dedicó 46 años de su vida y que llevó a la excelencia artística.
Enrique Bátiz, mi entrañable amigo, me llamó después de leer el artículo que escribí sobre Eva María Zuk la semana pasada. Con su característica precisión, comentó: «Es un recuerdo maravilloso. Tienes el don de captar lo sublime en tu manera de presentar las cosas. Te felicito. Es asombroso.»
Recordó entonces cómo la conoció: «Ella tenía apenas 17 años cuando nos conocimos. Durante un año fuimos amigos, hasta que en mayo de 1964 aceptó ser mi novia. El verano lo pasó en Caracas mientras yo estaba en México. Nos reencontramos al inicio del otoño, el 25 de septiembre de 1964, cuando regresaron las clases. Dejó de ser solo mi novia cuando le pedí que uniéramos nuestras vidas: nos casamos por lo civil en Nueva York el 26 de diciembre de 1964, y luego tuvimos nuestra boda religiosa en Caracas el 23 de septiembre de 1965. Hay toda una historia por contar… Todavía…»
«Es una bella historia de amor y también de pasión por la música», le respondí.
Sus palabras me hicieron recordar aquellas grandes cajas llenas de recortes periodísticos sobre su trayectoria musical que alguna vez me mostró en su casa de Barranca del Muerto, cuando yo le hacía incontables preguntas para mi entrevista sobre «Los 25 extranjeros más importantes que optaron por México». Todos aquellos documentos, cubiertos de polvo, guardaban no solo la historia de su amor, sino también sus sueños de poeta, perdidos entre el viento del tiempo…
Eva Zuk fue una de las amigas más entrañables de mi vida. Aprender de ella, comprender su esencia, intuir sus pensamientos -siempre expresados con inteligencia y dulzura- era un privilegio único. Era una mujer que elevaba a quienes la rodeaban; jamás hizo sentir a nadie inferior. Poseía la gracia natural de una reina.
Recuerdo con nitidez el día en que llegué a visitarla y recibí la dolorosa noticia: tenía cáncer. En ese momento, las palabras me abandonaron. Con su característica elegancia, mandó traer pastelitos y me sirvió té. Al despedirme, sus palabras quedaron grabadas en mi memoria: «Y tú tan llena de vida…»
En un gesto espontáneo de amor y esperanza, me quité mi collar de ámbar y se lo coloqué. En ese objeto deposité todas mis energías positivas, todos mis deseos por su recuperación. Aquel amuleto llevaba consigo no solo mi cariño, sino toda clase de buenos augurios para ella.
Este fragmento condensado de lo que Eva me compartió, lo transmito ahora con alegría.
«La melodía, la música, es como un canto vivo. Se respira, se narra, se calcula con precisión. Puede sentirse en cada aceleración, en cada pausa prevista. Tiene su propia medida, su equilibrio perfecto. ‘Rubato’ -que significa robar tiempo- es el arte de tomar para luego devolver, compensando para que todo fluya en armonía…
…Como en la vida misma.»
Y así fue, exactamente, su vida…
La vida de ambos.