La Casa de los Perros: Cualquier parecido es mera coincidencia

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

Pedro Castillo, conocido como El pichón del comunismo, era el presidente de Perú. Hoy está en la cárcel. Su “permanente incapacidad moral” lo tiene en el banquillo de los acusados y en el ojo del huracán.

Resulta que a Pedro no le caían bien los diputados por el simple hecho de que no aprobaban lo que él quería. Le llevaban la contra. Eran una especie de neoliberales que no soportaban ver la transformación que, según él, encabezaba en Perú.

Entonces, Pedro, envalentonado porque juraba que el pueblo no sólo estaba con él en las buenas y en las malas, sino que además lo amaba, lo adoraba, lo veneraba, que él era algo así como el Mesías, enloqueció.

Decidió, por sus pistolas incas, disolver el Congreso. Así nomás, con un tronido de dedos estilo Thanos.

Pedro dijo entonces que se debía convocar a elecciones para elegir un congreso nuevo, a modo, obviamente, y además construir una nueva constitución, también a modo. Y claro, como eso urgía, todo lo propuesto debería pasar en no más de nueve meses. Como un embarazo.

Ya encarrerado, Pedrito propuso además que mientras llegaba el parto, y un nuevo Congreso emergía, la opción era gobernar mediante decretos de ley. Y no es broma.

Pedrito decretó entonces un toque de queda en todo Perú, para que nadie se le alborotara, y dejó en claro que todas las personas que tuvieran en su poder armamento ilegal deberían entregarlo en infinitum a la Policía Nacional

Claro que, quien se negara a ello estaría cometiendo un delito que sería sancionado con cárcel según el decreto de ley que se estableciera después. No se ría.

El buen Pedrito dijo además que había llegado la hora de reorganizar el sistema de justicia y el tribunal constitucional. ¿El motivo? Simple y sencillamente porque, a su parecer, estaban en contra de un Perú Libre en donde un maestro rural alejado de las élites podía gobernar un país.

Pedrito, en su último discurso como presidente, se refirió a la policía y, sobre todo, a las Fuerzas Armadas, a quienes dijo tenían la obligación de combatir a la delincuencia, la corrupción y el narcotráfico.

Y para finalizar, convocó a las organizaciones de la sociedad civil y campesinas para respaldar su decisión. Iba a organizar una megamarcha histórica que estaría en los libros de texto del Perú, pero ya no le dio tiempo.

Unos minutos después de su mensaje televisivo, y a un año y medio en el poder le cayó la Policía Nacional y se lo llevó a la cárcel, sombrero en mano, por presunto delito de rebelión y conspiración.

Pero antes, Pedrito, quien ya estaba vinculado a la instrucción de seis casos por presunta corrupción, intentó correr y, desesperado, decidió que su destino sería México.

Y puso pies en polvorosa y se dirigió raudo y veloz rumbo a la embajada de nuestro país en Perú. Recordó que hace no mucho tiempo, otro exmandatario señalado también por corrupción había encontrado apoyo en México, bueno, en su presidente, al grado que hasta un avión para huir de Bolivia y evitar que lo matarán los aspiracionistas habían puesto a su disposición.

A Pedrito ese recuerdo le hizo brillar los ojos.

Pero Pedrín no contaba con que ese pueblo que él juró lo idolatraba, le daría la espalda y formara un bloque para impedir su llegada a la embajada del hospitalario México.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos fue destituido, se quedó en el cuartel de la Dinoes, con Alberto Fujimori compartirá espacio, Dina Boluarte lo sustituyó convirtiéndose en la primera mujer que gobernara el país inca.

Esta triste historia del campesino que llegó a “gobernar con el pueblo y para construir desde abajo”, apenas comienza.

Aunque hay otras historias, muy, pero muy parecidas, que se construyen todos los días en otros países de Latinoamérica. ¿O a poco este recuento de hechos no le trajo algo a la memoria?

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