Breves Recetas de Economía. La falacia del estado benefactor

JAVIER LARA CABALLERO

En muchas ocasiones, los economistas nos encargamos de hacer difíciles las explicaciones más simples. Más allá del manejo de las grandes variables, la realidad es que la ciencia económica debe servir para entender que el principal problema de los humanos, es la escasez de recursos para afrontar nuestras necesidades. No se trata de menospreciar los valores espirituales, o inmateriales, pero para poder vivir, necesitamos antes que todo, comer y para poder comer, se requiere generar o conseguir recursos. Si no comemos no podemos aspirar a una vida física, espiritual o cultural.

Ahora bien, para conseguir comida, necesitamos trabajar. Desde la antigüedad, nuestros ancestros trabajaban fabricando herramientas o armas para cazar, canales para distribuir el agua hacia los sembradíos, etc. Debemos entender entonces que el fundamento básico de la economía es que para poder vivir es necesario producir. Si todo el día nos pasamos disfrutando el paisaje, no producirá ningún resultado tangible y por lo tanto es económicamente inservible.

Ahora bien, existen otras formas para obtener los recursos que necesitamos, las cuales no implican un esfuerzo personal para producir algo, y esa es, obtener beneficios de quienes los producen. Los niños, los adultos mayores o quienes sufren de alguna discapacidad, son un ejemplo de ello y es completamente razonable, pero existen adultos perfectamente capaces de trabajar y producir, pero no lo hacen, y aun así, subsisten, y este principio elemental, ha dado lugar a una gran discusión entre los economistas del mundo.

Toda esta discusión parte del concepto de que “el Estado, debe proveer de manera gratuita, educación, salud, vivienda y demás servicios a las personas” y muchos de los economistas más críticos, evidencian esta contradicción con los argumentos que escribimos al principio.

El Estado no puede proveer de recursos creándolos de la nada, así que para que esté en capacidad de cumplir con sus obligaciones, alguien ajeno a él debe proveerlos. Por lo tanto, el Estado, no produce riqueza, solo administra y consume lo que si producen los ciudadanos y los recibe de ellos a través de acciones coercitivas como el cobro de impuestos.

Por lo tanto, todos los burócratas y los políticos viven gracias a la riqueza que obtienen de manera directa de aquellos que, si producen algo, porque de ahí reciben su sueldo. Por eso es la realidad es obvia. El Estado no crea, solo redistribuye la riqueza que los ciudadanos generan.

Dado lo anterior, es incomprensible que el Estado se considere a sí mismo como un ente divino y generoso repartiendo dádivas a quienes menos tiene, porque los recursos con los que lo hace, los obtuvo de otros ciudadanos por medio de medidas coercitivas. El riesgo de este esquema es que quienes produzcan se cansen de compartir lo que producen y que ese hartazgo lleve a la decisión de producir menos, porque no están dispuestos a seguir compartiendo más, y si eso llegara a suceder, estaríamos ante la puerta de un colapso mayor del modelo de Estado Benefactor que nos gobierna en la actualidad.