El 2020 sigue husmeando nuestras vidas

SOLEDAD JARQUÍN EDGAR

El 2020 fue una gran aventura, un desafío, para la humanidad y pareciera que todavía no termina de parar, por ello a 18 días del mes, escribo sobre ese año, que insisto, nos ha dejado esa sensación de que aún no termina. Es como si siguiera husmeando nuestros pasos.

Para las personas pesimistas – no es para menos- el 2020 fue un año catastrófico. Para las personas optimistas fue una oportunidad de aprendizaje.

La humanidad entera sabe hoy donde está Wuhan, capital de Hubel, una de las 22 provincias que conforman China. Lo sabemos porque fue ahí donde se habría registrado el primer caso y con ello, un brote generalizado del Covid 19, y el primer caso de confinamiento en diciembre de 2019. ¡Nadie lo olvida! Como nadie olvidará que tan solo dos meses después –el 27 de febrero de 2020- la Ciudad de México conocía el primer caso.

Sin duda algo aprendimos ese año, un poco más sobre China. También aprendimos lo que desde hace unos 400 años estaba ya escrito sobre qué hacer ante una pandemia: el confinamiento, mantener la sana distancia, lavarse las manos y usar cubrebocas. Lo más reciente, que no es nuevo, es ponerse alcohol en las manos en forma de gel.

El grave problema es la costumbre y sus malas prácticas, pero esta parte la dejo para el final.

Para muchas personas fue un año de oportunidades. Incluso hubo ingeniosos mensajes recordándonos las oportunidades que nos debíamos para estar en con nosotras mismas, con la familia, aprendimos a extrañar a la familia extendida, a nuestras amistades y seguimos extrañando los viajes que no hicimos, los proyectos que no emprendimos, porque el confinamiento lo impidió. Y si seguimos extrañando porque aun cuando las redes sociales “nos acercaron” de forma virtual nunca nada mejor que estar realmente cerca.

Fue un año de grandes decisiones personales y colectivas. Vimos con tristeza que muchas decisiones gubernamentales no fueron tan buenas o no se cumplieron. Seguimos cuestionando el peso que los gobiernos en México –federal, estatales y municipales-, le han dado al factor financiero sobre las vidas humanas. El costo es tangible.

¿Quién no ha conocido a lo largo de los últimos meses al menos a cinco personas que han padecido el Covid 19? ¿quién no ha tenido que lamentar la muerte de un amigo o familiar cercano?

Llegaron las vacunas y dijimos ¡qué bueno! Y volvemos al principio de lo que más nos dejó el 2020, la necesidad de ser pacientes, un don que no es fácil de cultivar. Los estados se ponen en semáforo rojo. En Oaxaca el personal médico hace un llamado de auxilio ante los efectos negativos de la pandemia, la falta de recursos médicos para resolver el grave problema que se vive en estos momentos…pero aquí es como si nada pasara, el semáforo sigue en naranja, quien toma las decisiones, Alejandro Murat, no las toma. El agotamiento del personal médico, enfermería y de todas las personas que trabajan en esas áreas es ya latente…pero aquí, en Oaxaca, es como si nada pasara. Hay miedo y hay incertidumbre en buena parte de la gente, porque hoy todas y todos conocemos a alguna persona, por lo menos, que se ha contagiado, que está grave o que han fallecido.

Lo que dejé para el final. El 2020 nos dejó y sigue dejando un amargo sabor de boca, por lo mucho que como seres humanos hemos perdido. Pero no en toda la gente. De forma particular, pienso, el grave problema de las personas es naturalizar todo, el valemadrismo que nos caracteriza y que nos da “permiso” de salir de nuestras casas, de los refugios anti Covid. Nos acostumbramos a rifarnos la existencia.

El 2020 dejó bien claro todo. La violencia contra las mujeres está afuera y adentro. No se detuvo. Las cifras de las organizaciones que trabajan la violencia de género lo demostraron, más violencia derivada del confinamiento, las instituciones lo negaron. Las calles siguieron siendo igual de violentas que siempre, más armas, más daños. Más feminicidios. Cada día las redes sociales siguen dando cuenta de alertas institucionales o de familias desesperadas buscando a mujeres que “desaparecen” en el centro de una ciudad, en una carretera, en un camino de terracería, al salir del trabajo… Todo se ha vuelto invisible. La protesta sigue, las mujeres salieron una y otra vez a la calle, en Chetumal, Quintana Roo, llevan plantadas en el Congreso local 51 días en demanda de sus derechos y solo reciben advertencias no soluciones.

Nos acostumbramos a la violencia contra las mujeres, la ignoramos. El miedo más grande que tenemos las mujeres es esa mala costumbre a no ver lo que es evidente, y ha sido el 2020 y la pandemia quienes lo puso todo en claro y oscuro. ¿Usted lo ve?