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Soledad Jarquín Edgar

Otro modo de ser madres

SOLEDAD JARQUÍN EDGAR

En los próximos días México entero se volcará, pese a la contingencia sanitaria, para celebrar a las madres mexicanas, una tradición impuesta desde la década de los años 20 para reconocer la abnegación, la entrega y el amor incondicional de las mujeres que antes que cualquier otra cosa en la vida tienen como destino la maternidad, solo para cumplir con un rol fundamental para la buena armonía de la sociedad patriarcal.

El mito de la maternidad desde esa visión, como lo plantea Marta Acevedo, se gestó -ahora así, como dirían desde el Palacio Nacional: desde “los conservadores”-, para contrarrestar la fuerza de un movimiento social que en 1916 se materializó en los Congresos Feministas de Yucatán que, entre otras demandas de sus derechos, plantearon “escandalosamente” acciones de planificación familiar, principalmente en aquella entidad del sureste mexicano.

La verdad es que las cosas han cambiado drásticamente. En 1971, las feministas hicieron una protesta en el monumento a la madre en la ciudad de México y denunciaron las muertes por aborto, veinte años después las feministas colocaron en el mismo lugar una placa por la maternidad voluntaria. Son casi 50 años de acciones para mirar la maternidad desde otro lugar.

A partir de la década de los ochenta las madres mexicanas, en específico en Ciudad Juárez, fueron las que tomaron las calles para hacer demandas sobre la desaparición y asesinatos de sus hijas, la pandemia de la violencia mostró una cara brutal e irreal para muchas otras.  Así surgieron organizaciones, colectivos, como Casa Amiga, Nuestras Hijas de Regreso a Casa y otras que se han sumado a lo largo del tiempo y que hoy mismo siguen tan actuales como entonces, porque, ya lo sabe usted, el fenómeno del feminicidio no se detuvo.

El asesinato de sus hijas motivó las modificaciones más drásticas en los estudios de género sobre la violencia machista y más tarde se reflejaron en las legislaciones. En México son ejemplares los trabajos realizados, por ejemplo, por Julia Monárrez, del Colegio de la Frontera Norte, quien inició estos estudios desde 1993. Pero esa pandemia no solo había sentado sus reales en Ciudad Juárez, sino como lo demostrarían desde la Comisión Especial para Conocer y dar Seguimiento a las Investigaciones Relacionadas con los Feminicidios en la República Mexicana de la LIX Legislatura (2006), que encabezó la diputada Marcela Lagarde, el problema se extendía a lo largo y ancho del país.

La imagen de las madres, estas no resignadas ante el dolor y la pérdida toma un rostro que rompe con el estereotipo impuesto y que se debía venerar desde altares ficticios, en silencio y sin chistar fuera cual fuera la realidad que se vivía dentro de los dulces hogares mexicanos, esos en los que todavía hay quienes creen que existen y peor aún lo dice, equivocadamente un molesto Andrés Manuel López Obrador, cuyo impacto social y político sería demoledor si las mujeres calláramos y lo aceptáramos como él lo quisiera.

Pero desde 2019 las mujeres, entre ellas miles de madres, muchas de ellas buscadoras de sus hijas e hijos desaparecidos, las que rascan la tierra, aunque les sangren las uñas de los dedos, no será así. “No contarán más con nuestro silencio cómplice”, dice una de las premisas que a lo largo del año pasado hizo que tomaran las calles en marzo, en abril en noviembre y cada vez que fue necesario. Las que rompieron y quemaron, las que pintaron sus monumentos, puertas, paredes… Las mismas que llenaron las ciudades de colores violeta y negro el pasado 8 de marzo.

Esas madres lo han puesto en blanco y negó: no más silencio. En todas las esquinas, plazas, parques del país ante lo que se volvió común su presencia por la falta de ejercicios reales de justicia para sus hijas, la impunidad tomó una cara nueva en el rostro de las mujeres, lamentablemente.

Durante los días de confinamiento debido al SARS-COV2, causante de la enfermedad COVID 19, puso en alerta a las expertas. Habrá más violencia en las casas, advirtieron. La convivencia con el violentador, ha generado las cifras que se han explicado en los últimos días. No estamos a salvo en nuestras casas y las calles solitarias son un peligro.

Hemos leído muchas historias sobre cómo la pasamos las mujeres en estos días. La jornada de trabajo se ha multiplicado. Atendemos las labores de la casa, de la oficina y la escuela de las y los hijos en un mismo espacio-tiempo. No hay tiempo propio. No hay habitación propia. Hay agotamiento mental a estas alturas. Esas nuevas madres no están calladas, lo están diciendo y seguramente, detrás de esta etapa sanitaria, habrá muchos estudios y mucho que analizar.

La jornada múltiple no se ha ido. Sigue ahí, en el montón de quehaceres cotidianos, que digan lo que digan, sigue cargado en un gran porcentaje sobre la espalda de las mujeres y cuando lo hacen los hombres, ya lo saben se aplaude, se destaca en los medios.

La semana pasada MVSNoticias publicó una nota titulada: Presidenta de San Lázaro comparte trabajo doméstico con su familia. Ésta a raíz de una publicación en twitter de la legisladora Laura Rojas, presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, en la que llamaba a quedarse en casa y a compartir las tareas de casa con el resto de la familia, mostrando un video donde gustosa y feliz lavaba platos. Si ella, la presidenta de San Lázaro lo hace, usted por qué no. El efecto, pienso y quizá me equivoque, es el mismo que produjo aquella camaña contra la violencia machista, donde las famosas fueron fotografiadas con los ojos morados… si a ellas les pegan, a ti por qué no. Bueno, y habrá que ver, conocer y descifrar las muchas respuestas que reciben las mujeres cuando piden a sus hijos varones o a sus parejas que las ayuden en estas tareas.

Sí hemos salido a la calle, trabajamos en múltiples tareas, aportamos nuestro sueldo, casi siempre íntegro a los gastos del hogar, a veces incluso en mejor posición que los varones. Pero el confinamiento, ese Quédate en Casa, ratifica el trabajo doméstico está en nuestras manos. A pesar de todo, estas nuevas formas de ser mujeres, realizadas en lo profesional y haciéndose cachitos para cumplir con la estructura social establecida, jugando ese papel “histórico” que nos toca, sin vuelta de hoja, por haber nacido con vagina y no con pene. La igualdad en casa está lejos, como el hecho de vivir plenas y sin violencia.

Y como cada año, el 10 de mayo, tendrá que ser visto desde la otra orilla del río o mirar desde la otra forma de ser mujeres, pero no solo las mujeres, es cierto.

El 10 de mayo, me dicen las madres de hijas víctimas de la violencia machista en México, no tiene nada en particular, no se vive como antes y gracias al feminismo también lo desmitifican. Nos recuerda, incluso a mí, que, en este país, la justicia sigue pendiente y que la justicia también es nuestro derecho. Insistimos, reiteramos, como cada tantos años ¡Madres sí, pero con derechos! Lo otro es un culto hechizo.










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