Las mujeres nunca hemos callado

SARA LOVERA

En la web Datapop, una plataforma aparentemente financiada por Naciones Unidas, ayer se difundió lacónicamente una lectura de los medios de comunicación, sólo en número de notas, sobre prioridades editoriales en los medios online. Y compara: siete notas diarias en promedio sobre la violación a la menor de edad por policías capitalinos de Azcapotzalco y 51 notas diarias sobre el Ángel de la Independencia “vandalizado”.

La precisión, el dato y la imagen de una gráfica fue titulado como el Silencio Incómodo en el periodismo mexicano. En otras palabras, la historia repetida hasta el infinito sobre cómo se jerarquiza, define, sostiene y difunde la información en los medios de comunicación. O lo que es lo mismo cómo el pensamiento generalizado, en una sociedad machista, hace de los editores definir qué es noticia y qué no. Sí, ya sé, me dirán que es por su condición patriarcal.

¿Tendría que doler a los editores la infausta y continuada violencia contra las mujeres? En estos días hubo periodistas que han llamado a las manifestantes “damitas”; hay quienes en medios electrónicos –mujeres principalmente pero no sólo- que han empezado a hilar la narrativa feminista, hablando de todas las violencias y, a pesar del esfuerzo, todavía priorizan imágenes muy fuertes, revictimizantes.

Nada más complejo de cómo escalar con el discurso feminista en la cabeza de los y las periodistas y a los jefes editoriales, a quienes con hartos títulos han invadido a medios electrónicos e impresos tradicionales, para, según ellos analizar la realidad. Los conozco muy bien. A algunos les cuesta mucho trabajo no sólo mirarnos, sino usar el lenguaje incluyente o intentar comprender de qué hablamos cuando hablamos de la condición de las mujeres, su discriminación y su desigualdad.

La violencia, históricamente, los toca. Intentan. Pero lo cierto es que todavía existe una enorme brecha entre lo que deseamos se comunique, lo que comunicamos y lo que comunican los medios. No son excepción los medios digitales, a los que se refiere Datapop.

No hay una cuenta sobre número y narrativa de las informaciones estos días de coyuntura, en que salieron a la calle, principalmente mujeres jóvenes y algunos hombres, para protestar por la incapacidad de las autoridades, su incongruencia, su falta de todo, frente a un asunto, que se ha narrado en los últimos tiempos copiosamente: la violencia contra las mujeres en números y con algunos testimonios.

El otro día con una amiga intentamos contar el número de notas del diario El Universal, sobre las estadísticas del feminicidio, las de otras violencias y algunos asuntos recientes como el cierre de las estancias infantiles, la reducción de recursos a los refugios para mujeres y algunas declaraciones de personajes del poder sobre tanta estulticia. Pensamos que la fuerza de las jóvenes está horadando. Mucho más que la mera crítica a los medios. Eso no sucedía hace unos cuantos años.

No sólo en El Universal, en otros medios. Apenas hace unos días Reforma descubrió, puso en ocho columnas, el tamaño en cifras de la violencia de género, como muy espectacular. No se tiene idea de nuestras denuncias y argumentos de hace muchas décadas. En el pasado ni nos oían, ni nos veían. Unos cuantos “analistas” han tratado de explicar por qué sucede eso. Otros no atinan y algunos más intentan, incluidas algunas mujeres comentaristas o periodistas, entrar al fondo del problema.

Eso solamente porque la situación ha llegado a niveles insoportables. Y porque ha ido creciendo la indignación y la denuncia de la impunidad. Los perpetradores y asesinos, son frecuentemente liberados por las autoridades y en miles de casos ni siquiera investigan. Pero, además, ayudan las nuevas tecnologías de la comunicación, por sus reportes instantáneos. Hoy no hay forma de ocultar cada asesinato, cada denuncia, cada movilización. Con narrativas muy diversas, muy pocas en tono feminista y con frecuencia de amarillismo o conmiseración, una parte muy importante de los hechos y las circunstancias llegan a públicos cada vez más amplios.

Pero ojo, tal vez estamos hablando de un cambio, lento, pero para mí interesante. Yo que ya hace 50 años hago periodismo sobre la condición de las mujeres. Que he intentado como cuestión de vida alcanzar a las y los periodistas motivo y razón para que miren a las mujeres, para que describan cómo es y que produce la desigualdad primaria entre hombres y mujeres; cómo es verdad que a pesar de los avances legislativos, las mujeres somos consideradas menos que los hombres en todos los ámbitos. Y cómo ellos, los medios y la sociedad minimizan la experiencia de las mujeres.

Tengo, al menos 35 años, además, haciendo “talleres” para hacer comprender a cada persona de la comunicación de qué hablamos desde el feminismo. También he presenciado el cambio de narrativa desde el poder, aunque sea simulación muchas veces. Pero hay cambios, aunque todavía lentos. La irrupción del 4 A hace un par de años; las marchas en todo el país el 16 de agosto, los miles de twists y mensajes en face. Los videos de esos acontecimientos y los que muestran a las violentadas, necesariamente llegaron a los medios. Las especializadas, tenemos fuerte competencia. Hay que dejarlos ser.

Una colaboradora de SemMéxico ha dicho, en estos días donde las diamantinas han incendiado las buenas costumbres, que ellas, las jóvenes y muy jóvenes, están en la puerta de operar un nuevo paradigma. Los medios no tienen más remedio que tomar nota. Voltear. Las siete notas diarias sobre la violación a la menor de edad, eran impensables apenas hace unos cuantos años. Sigue siendo apenas el 13 por ciento de las 51 sobre la pintarrajeada al Monumento a la Independencia y la propaganda oficial, casi lastimera, de su pronta restauración. Tal vez olvidaos que con una narrativa horrenda, la información sólo iba a la sección policiaca.

En esta desgracia nacional de la continuada y tremenda violencia contra las mujeres sobre la que nunca callamos ¿cuál debía ser  el papel de los medios de comunicación? ¿Y quién se ha ocupado de ello? Así como los gobiernos a cuenta gotas admiten “tallerear” a su funcionariado, del mismo modo los editores –hombres principalmente- se resisten.

También hace muy poco, al mirar los medios, nosotras decíamos y luego las académicas analizaban, que los medios ponían a las mujeres en sus titulares solamente por dos razones: por hechos de violencia y sobre su participación política. En los dos casos con lenguajes discriminatorios. A veces tratándolas, a las del poder, como hombres y a las violentadas como víctimas y sujetas de conmiseración. Las imágenes tremendas, con sangre y detalles, el uso indiscriminado de sus personalidades, estuvo siempre, sin miramientos, Gobernación los dejaba ser.

Seguro nadie recuerda semanarios del crimen llenos de estas cosas o la página tres de los diarios de medio día y de la tarde con mujeres encueradas; y que decir de las fotografías de piernas y nalgas de las políticas en las sesiones de un congreso o los análisis contra la participación política como un atrevimiento. Hoy tendrían que cuidarse si el Instituto Nacional de las Mujeres hicieran su tarea y hubiera un grupo empoderado vigilando.

Eso varía mucho, sí se quiere, entre medios “serios” y del interior del país, pero se atempera poco a poco. En ello han jugado un papel central también las organizaciones feministas, que con recursos, como los hombres, despliegan “estrategias de medios” o realizan campañas mediáticas importantes. Así se batalló para equilibrar la narrativa de la Interrupción Legal del Embarazo o aquella que en su momento puso en el centro la muerte materna o la muy nueva que intenta comunicar el drama del embarazo en adolescentes.

Yo creo que quienes hemos trabajado a ras de tierra para cambiar el pensamiento de hombres y mujeres periodistas, quienes analizan los medios, siempre enjuiciando o en posición de vigías, así como los monitoreos, aun limitados; las protestas por la reafirmación de los estereotipos en las telenovelas o bien la identificación cotidiana de los sesgos de género, sabemos muy bien el tamaño de los obstáculos, pero poco hablamos de las oportunidades. Y nos cuesta mucho admitir los cambios, tanto como el papel estratégico que pueden jugar los medios.

Nunca hubiéramos entrado al terreno del feminicidio, si Esther Chávez en Chihuahua y Ciudad Juárez no hubiera contando los asesinatos de mujeres a través de las notas policiacas publicadas por las y los periodistas. Nadie habría volteado los ojos a la explotación de las mujeres de la industria de la confección o costureras, sin algunos o varios reportajes de denuncia en 1984. Tampoco habría sido posible la negociación para despenalizar el aborto, sin las crónicas terribles, algunas muy estereotipadas, sobre la muerte por aborto clandestino o las jugosas ganancias de los mal llamados médicos “aborteros”, que narraba día por medio el periódico La Prensa.

Yo creo que, en los años 50, en el diario Excélsior, se narró la violencia contra las mujeres en los prostíbulos y las casas de citas, sin impacto ni coyuntural ni histórico, pero alguien habrá leído y habrá pensado; y bueno tantas otras cosas que a quienes hacíamos política feminista, nos sirvió. Lo de Ciudad Juárez hasta para hacer la primera investigación sobre el asesinato de mujeres y luego una Ley, la primera integral, no importa que se hayan tirado a la basura los monitoreos del crimen como se hizo, material precioso para ver por dónde se podría, como se dice, incidir en los medios.

Y ojo, las mujeres nunca hemos callado. En los años 70 nos paramos frente al Auditorio Nacional para protestar por el concurso Señorita México, hicimos pintas y luego, hace 35 años, hicimos una marcha con antorchas para reclamar nuestro derecho a andar libres, sin agresión ni hostigamiento, de noche en nuestra ciudad, en Reforma y también hicimos pintas. La diferencia con el hoy, este que llaman coyuntura, es que efectivamente nadie nos vio y no trascendió a la opinión pública en aquellos años; ni los reclamos horadaron las denuncias por cada caso de violación y mal trato.

Ser periodista profesional y simplemente narrar, contar, describir sucesos, se diría sin lenguaje de género, es una tarea urgente. Yo le digo a jóvenes periodistas que bastaría salir a la calle y contar dónde están las mujeres. Y luego, con esa moda trascendente de “hacer periodismo de investigación”, abrir ben los ojos y mirar lo que sucede en las comisarías, averiguar cómo se archivan las denuncias; cómo tratan a las mujeres en las ventanillas del Ministerio Público, en las de los servicios de salud, en las oficinas.

Y hoy, cuando las madres del feminicidio, las que llaman víctimas de la violencia, las despedidas injustamente, las hostigadas en los medios de transporte, las que no se dejan y todos los días hacen protestas, debería ser sencillo hacer la tarea periodística y súmele todo lo que todas expresan en las redes sociales, como las #MeToo de nuestros días que denunciaron a compañeros de trabajo, hombres con poder, artistas o periodistas. A los hostigadores cotidianos y que ellas, también tienen tres años tomando las calles. Es más fácil.

En todo caso, como dicen las ahora especialistas, hay que crear una pedagogía para los medios, sin adoctrinamiento, simplemente dar las herramientas profesionales, para que hagan bien su trabajo. Nunca he sido partidaria de hablar mal de los y las periodistas, ni de crucificar a los medios, mi idea es criticar su falta de profesionalismo y para los editores su actitud miserable para invertir en buenos reportajes.

En cambio sí, le reclamo al poder, que se ha dedicado a controlar a los medios, a comprar conciencias para sus cometidos, que como dijo una panelista de esta mañana en la UNAM, que decrete AMLO el fin del feminicidios, y si los medios se resisten que les llame fifís, conservadores, contrarios a la 4a. Transformación de México, eso sí que sería una parte sustantiva del cambio de régimen. No me peleo con los machos, me dan un poco de pena, por su ignorancia e incapacidad humanista. Por ser parte integrante de la falta de democracia. Y me encantan los aliados.

Lo que vivimos es el límite y estamos en emergencia nacional. Ahora tenemos que aprender a comunicarla.

Veremos

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