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María del Socorro Castañeda Díaz

La cotidiana normalización de la violencia

MARÍA DEL SOCORRO CASTAÑEDA DÍAZ

“Napoleón decía: ‘si el crimen y los delitos crecen, es evidencia que la miseria va en aumento y que la sociedad está mal gobernada’. Aplica”. Empiezo mi colaboración de esta semana con un texto que resultaría más que cierto y razonable, si no fuera por el púlpito del que viene esa prédica. Se trata de una cita del general francés en un Twitt del 13 de mayo de 2017[1], hecha por el hoy presidente Andrés Manuel López Obrador. En aquellos tiempos que parecen tan lejanos, el actual mandatario mostraba una actitud tan crítica hacia el gobierno del infausto Enrique Peña Nieto, que muchas personas llegaron a confiar tanto en que así como era bueno para juzgar lo sería también para encabezar el gobierno federal, que hasta le dieron su voto.

Dos años después, las cifras denotan una cierta deficiencia (por no decir una total incompetencia) del gobierno del de Macuspana en materia de seguridad pública. De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) el primer trimestre de 2019 fue el más violento en la historia moderna de México. De enero a marzo de 2019, hubo ocho mil 493 víctimas de homicidios doloso[2].

En los últimos días han tenido lugar episodios verdaderamente penosos que no se pueden pasar por alto, y que, sin embargo, parecen ser solamente casos que aumentan las estadísticas. Nos hemos acostumbrado a normalizar la violencia y, por lo tanto, no causa ni el revuelo ni la indignación suficientes la noticia que, por ejemplo, los medios de comunicación reportan desde Michoacán, donde el pasado 8 de agosto, en tres puntos diferentes de la ciudad de Uruapan, fueron hallados 19 cadáveres[3].

Desgraciadamente, es hasta cierto punto complicado pensar en que a estas alturas pueda llamar la atención un hecho como el citado, que en otros lares causaría horror. Sin embargo, parece que la cotidianidad es esa y que la gran mayoría de las personas ya no se sorprende, sobre todo si se considera que en los últimos tiempos, en nuestro país han sido detectadas 426 fosas con cuerpos de personas asesinadas, la mayoría de las cuales se ubican en los estados de Veracruz, Colima, Sinaloa, Sonora, Guerrero y Chihuahua, según informes de la Comisionada Nacional de Búsqueda de Personas, Karla Quintana.

Esto, sin contar con que, hasta abril de 2018, de acuerdo con la citada funcionaria, se habían reportado 40 mil personas desaparecidas[4].

Parafraseando a Napoleón Bonaparte, efectivamente este lamentable incremento del crimen y los delitos está relacionado con la miseria, pero también con una manera de gobernar que los mexicanos padecemos desde hace muchas décadas, en la cual lo que menos importa es tener un pueblo educado en el que la cultura de la paz y el respeto predomine.

Educar a México tiene que ver también con que todas las personas tengan acceso a las mismas posibilidades de desarrollo y de movilidad social y, por lo tanto, se trata, con base en maneras distintas de formar a las nuevas generaciones, de destruir ese complejo entramado que tiene elementos tan importantes como la llamada pigmentocracia, cuyas raíces están en la ignorancia.

“En nuestro país “mestizo”, no es el origen sino la coloración de piel lo que determina los niveles de discriminación a los que se enfrenta cada persona, como lo han demostrado múltiples estudios, informes, encuestas y análisis”[5]. Así, las oportunidades no son para todos, o mejor dicho, la comunidad hace que esas oportunidades no alcancen a todos, y lo mejor que podríamos hacer es empezar precisamente por educar y educarnos en la conciencia de una igualdad de condiciones en una sociedad que no distinga colores de piel.

Sin embargo, el sistema educativo mexicano que, por supuesto va más allá de la escuela y durante muchos años se ha apoyado hasta exagerar en los medios de comunicación, que han influido excesivamente en la conducta colectiva, ha reforzado la idea de las profundas diferencias sociales y económicas de nuestra sociedad, basada principalmente en esa pigmentocracia tan antipática que hace “buenos” y “mejores” a quienes tienen la piel más clara. No es casual que las telenovelas, que durante décadas dictaron muchas de las reglas de comportamiento de los mexicanos, hayan tenido como protagonistas a hombres y mujeres con características fisionómicas que difícilmente pueden encontrarse en las calles de cualquier ciudad del país. Eso, sin contar que las oportunidades de movilidad social en la trama de esos culebrones están directamente relacionadas con un privilegiado origen social, porque difícilmente la protagonista pobre puede mejorar su condición si no tiene por ahí un padre o una madre con dinero que la abandonó pero al final la reconoce.

Todo esto para decir que es el Estado, muchas veces apoyado por los medios de comunicación, el directamente responsable de la educación de un pueblo que tendría que vivir una democracia cotidiana, en la que las oportunidades fueran para todos. El problema es que difícilmente los gobiernos han considerado que la educación en la desigualdad es, sin duda, uno de los orígenes de la violencia.

Y en este sentido, hay mucho que decir sobre otras formas de violencia que han aparecido y cada día se han reforzado en nuestra cotidianidad, mismas que también hemos normalizado y hasta parecen desencadenar nuestro buen humor. La violencia en México se manifiesta también, entre otros factores, con la presencia cada vez más amplia de lords y ladies cuya conducta se evidencia gracias a las redes sociales. No son solamente un burdo chiste estas personas, sino una muestra más de una descomposición social que se nota en situaciones que, aunque en principio dan risa, deberían más bien preocuparnos.

Por eso no parece muy coherente la propuesta de María de Jesús Rosete Sánchez y Olga Patricia Sosa, diputadas del Partido Encuentro Social (PES) que consideran “violencia digital” apodar como “lord” o “lady” a las personas que tienen conductas inapropiadas  que son resultado de una prepotencia cada vez más presente en una sociedad desigual y maleducada, donde basta un tono menor de piel o un poco más de dinero en la cartera para pasar por encima de las demás personas. De acuerdo con las legisladoras, esos apodos causan daño psicológico y emocional a quienes son “víctimas de un mal momento” y por supuesto, desde su punto de vista no merecen que su conducta se quede grabada para siempre en la red de redes.

Me parece que están equivocadas las diputadas, porque tal vez evidenciar cualquier forma de violencia puede ser un modo de combatirla si se hace en un modo adecuado. Desde los lords y ladies, pasando por asuntos de discriminación de cualquier tipo o la violencia hacia los animales, y terminando con los casos más graves, es importante que las personas, aprovechando el acceso a Internet y en particular a las redes sociales sepamos lo que ocurre. Obviamente la intención es que se conozca para que no se repita, y poner en la red ciertos contenidos debería servir como punto de reflexión e incluso como enseñanza constante de lo que no debemos hacer. Se trata de un tema de responsabilidad ante la sociedad y ante nosotros mismos, que desde alguna parte debemos comenzar una campaña frontal para prevenir la violencia en cualquiera de sus manifestaciones.

Insisto en que el primer paso para combatir la violencia es la educación. Educación formal en las escuelas, educación en el hogar, educación, ¿por qué no? en los medios de comunicación. Es quizá la única manera de prepararnos para vivir mejor. Por eso sería interesante que la 4T gobernara realmente en materia educativa y se esmerara en hacer una profunda reforma a los planes y programas de educación básica, porque, ante todo, son las nuevas generaciones las que están más necesitadas de aprender y aprehender principios y valores que mejoren la convivencia y les permitan crecer con una conciencia diferente a la que por desgracia tienen sus mayores. Hasta el momento, no ha habido una sola administración federal que vea en la educación una verdadera posibilidad de cambio. Probablemente porque un pueblo ignorante resulta más fácil de someter y para unos cuantos poderosos es preferible dominar que procurar vivir en armonía no se ha dado un verdadero cambio en los programas educativos.

Tenía razón Napoleón, la sociedad está mal gobernada y por eso el crimen y los delitos crecen. Y tenía razón también el Peje entonces, aunque, a decir verdad, en este momento, como en 2017, aun con el cambio de gobierno, la frase sin duda “aplica”.

[1] Disponible en https://twitter.com/lopezobrador_/status/863573212000473088

[2] Disponible en https://politica.expansion.mx/mexico/2019/04/21/cifras-confirman-el-primer-trimestre-de-2019-el-mas-violento

[3] Disponible en https://www.animalpolitico.com/2019/08/hallan-cadaveres-uruapan-michoacan/

[4] Disponible en https://www.forbes.com.mx/detectan-426-fosas-clandestinas-datos-de-terror-reconoce-gobierno-de-amlo/

[5] Disponible en https://plumasatomicas.com/explicandolanoticia/pigmentocracia-racismo-mexico/

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