Desde lo personal a lo político

SOLEDAD JARQUÍN EDGAR

La combinación letal para México son la corrupción y la violencia, con saldos que se pueden cuantificar, contar de uno en uno o de una en una hasta hacer una montaña de números que nos horrorizan. Es el saldo numérico que como periodistas nos gusta señalar, el otro saldo no lo vemos nunca, me refiero al daño que se queda en el para siempre de las familias, ese que es simplemente irreparable y lo que esa palabra significa.

La violencia específica contra las mujeres es resultado del no hacer y del dejar pasar, por un lado, las instituciones y las múltiples personas que están al frente de ellas –desde presidentes del país hasta el más pequeño de los servidores o servidoras públicas- y, por el otro lado, la sociedad, que sigue utilizando un impermeable que hace imposible atravesar las consciencias, llegar al fondo de lo que significa vivir en un país atravesado de Este a Oeste y de Norte a Sur por la violencia y por la corrupción.

Por años, pensé (como lo piensan millones de personas) que la violencia no tocaría las puertas de nuestra casa. Pero la violencia tocó las puertas hace algunos años, vivimos inmersos sin darnos cuenta hasta que tomamos consciencia, consciencia feminista, claro está, como sucedió en mi caso, de tal forma que la percibí y fui intolerante a ella, cortando de tajo lo que sería molesto, perverso, terrible y hasta microscópico.

Las feministas como yo, lo sabemos, poco o nada se puede hacer. Sí logramos transformar nuestras vidas íntimas y buscamos a través de nuestro quehacer abrir los ojos de otras mujeres al tiempo que los míos, como lo hago desde hace poco más de dos décadas como periodista y feminista.

Logramos limpiar nuestro camino, construir un mundo mejor cada día. Pero el mundo no depende únicamente de las mujeres que nos hemos dado cuenta que es necesario transformar la vida, cuando poniendo un pie fuera de nuestra casa y a veces dentro –como sucede con la mayoría de los medios de comunicación y aún más todavía con las nuevas tecnologías de la información- volvemos a la violencia y de la corrupción, que juntas nos arrojan el saldo que hoy, como yo, vemos y sufrimos en carne propia.

Fuera de nuestras casas, todo es como no lo queremos las feministas. Y sí, hay mucha responsabilidad social, pero el peso mayor lo tienen las instituciones que nos gobiernan. Ahí se tolera y permite todo en nombre del patriarcado que reina el mundo en el que transitamos las mujeres y cuyo eje fundamental son las fuerzas económicas, políticas, culturales e históricas, muros de acero recubiertos con piedras donde las palabras que pregonan la igualdad feminista no penetran.

No ha pasado mucho tiempo, cierto, pero hoy las leyes han cambiado, hay instituciones que dicen velar por la igualdad en muchos sentidos, celebramos la paridad, tres acciones fundamentales que poco o nada han podido hacer contra la violencia y la corrupción, madre y padre de la impunidad, la omisión y la falta de justicia.

La creciente violencia contra las mujeres de todas las edades, pero especialmente de las jóvenes, y en todas las circunstancias y de las formas más crueles cada vez, son resultado de la inacción de las autoridades, sobre todo de ellas, que han actuado en la simulación total, sin un programa de prevención a la violencia, menos aún sin una estrategia real para asegurar la igualdad, en el sentido de que la vida de las mujeres vale tanto como la de los hombres, con o sin poder.

Lo dije hace tiempo y lo reafirmo hoy. En este país no ha existido en los últimos 50 años ninguna acción de prevención a la violencia en todo México y durante todo el año, porque solo la permanencia de un mensaje efectivo haría la diferencia frente a la costumbre, la cultura, lo político, lo económico y lo histórico.

Es ese silencio institucional, de corrupción sistemática, la que hoy deja a millones de familias, madres, padres, hermanas, hermanos, hijas e hijos, en esa condición de orfandad por el no regreso de nuestras hijas. La misma que personalmente vivo desde el 2 de junio pasado.

Hay sin duda oídos sordos a la demanda de una vida sin violencia para las mujeres, aun cuando es ley. Estamos frente a la ficción, remozamos el frente, pero no cambiamos el interior de las instituciones. Un ejemplo claro es lo que se hace en México con el famoso Día Naranja Únete, una campaña de ONU Mujeres cuya finalidad es -era, quién sabe-, “generar consciencia para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres y niñas”, y que en México instituciones federales, estatales y municipales vuelven un chacoteo los días 25 de cada mes, cuando se visten de naranja, se ponen un moño naranja, se toman la foto y no dejan nada en el fondo de la consciencia de las personas. Eso sí, le sirve a algunos y algunas funcionarias para salir en Facebook y mejor aún en un medio tradicional porque pagaron la nota.

Y toda esa puesta en escena naranja no tiene ni principio ni fin, mientras los ministerios públicos, las policías de todos los niveles y el funcionariado, además claro de casi todos los medios de comunicación, siguen cuestionando a las víctimas y a sus familias y no a los victimarios.

El resultado es el que ya conocemos. Cada día más violencia atroz contra las mujeres y un creciente índice de impunidad que debería más que llenarnos de miedo, pienso, nos debería dar como país y como sociedad, mucha vergüenza. En los anunciados tiempos de cambio, la violencia, en específico contra las mujeres, y la corrupción deben ser dos principios básicos de gobierno. Sin ello, todo lo demás será más de lo mismo.

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