Alexander Von Humboldt en Zacatecas

JAIME ENRÍQUEZ FÉLIX

Es, sin duda, uno de los personajes más brillantes en la historia de la ciencia. Y de los que mayores reconocimientos ha alcanzado también. Baste decir que, en su nombre han sido bautizadas numerosas especies animales: un mono ardilla, un zorrillo, el delfín rosado, un murciélago de orejas marrones grandes, un pingüino, un calamar, un escorpión venezolano, una víbora de cascabel común…

Pero su fama no termina allí, pues también una larga lista de especies animales lleva su nombre en la raíz: un hongo, un cactus, una levadura, una orquídea, una azucena, el famoso geranio “geranium humboldtii””, el roble sudamericano, el sauce llorón y dos arbustos neotropicales.

La lista es interminable, pues no se limita a especies animales o vegetales, sin a sitios geográficos significativos: un glaciar en la Isla de Groenlandia, una bahía en el norte de Estado de California, un río en el estado de Nevada, un lago y un pantano salado en ese mismo estado de la Unión Americana, unas cordilleras también en Nevada, la Cuenca de Humboldt en el estado de Oregon, el Pico Humboldt en Mérida, Venezuela y hasta la famosa Corriente de Humboldt, corriente oceanográfica del oeste de América del Sur.

En China una cordillera lleva su nombre, como también lo tiene otra en la Antártida, una más en Australia y otra en Nueva Zelanda. Incluso es famoso el Mirador de Humboldt, localizado en La Orotava, Islas Canarias, España, famoso por el fantástico panorama que se aprecia desde allí.

Podría tomarse a broma, pero la geografía del mundo cambiaría de manera notable, si decidiéramos borrar de un plumazo todos los sitios que honran su memoria: la Reserva Forestal Nacional Humboldt – Toiyabe, localizada en el Estado de Nevada, el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, localizado en las Provincias de Holguín y Guantánamo en Cuba, el primer Monumento Nacional designado en Venezuela, constituido por sistema de cavernas, una extensa Reserva Forestal Nacional, localizada en Perú, el área conocida como la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, área protegida localizada en la comuna de La Higuera en la Región de Coquimbo, Chile… la lista es infinita.

Condados en prácticamente 20 naciones, municipios como Guevea de Humboldt, Oaxaca, edificios municipales en lugares como Arizona, un parque en Chicago, calles que llevan su nombre en Tijuana, Buenos Aires, Madrid… buques y veleros por doquier, que han sido bautizados en honor de un personaje inédito y de perpetua memoria. Incluso un asteroide, una cadena montañosa en la luna y un cráter lunar han sido bautizados en su honor.

No pueden en este espacio, listarse los numerosos colegios Alexander von Humboldt, dispersos por el mundo: en México, Perú, Canadá, Bolivia, Ecuador, Costa Rica, Venezuela, Brasil, Colombia, Cuba, Estados Unidos y Alemania.

Hasta un billete alemán de cinco marcos alemanes llevaba su rostro, antes de que el euro, en su apabullante modernidad, terminara con nombres y apellidos.

Hijo de Alexander Georg von Humboldt, un oficial del ejército de Federico II el Grande de Prusia, estudió en Berlín. Quería ser militar, pero su familia se opuso. Su primer viaje, de los muchos y muy fructíferos que realizará a lo largo de su vida, lo hizo a lo largo del Río Rhin. Nació allí su amor por la naturaleza y por la investigación científica. En 1790 inició una expedición por América del Sur y Centroamérica. Visitó la Nueva España y los Estados Unidos. Fue él quien llamó a México “el cuerno de la abundancia”, impresionado por la variedad y vastedad de sus recursos.

Lo recibieron presidentes y funcionarios que usaron su valiosa información para fines políticos y de expansión territorial, que mucho contrastaban con su afán meramente científico y de difusión del conocimiento. Sus recorridos le llevaron a descubrir nuevas especies animales y vegetales, a recolectar minerales y rocas de diversos tipos, a trazar mapas. Fue Humboldt, en su inteligencia prodigiosa, quien descifró el calendario azteca. Midió el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y los comparó con la escala del Cofre de Perote.

En agosto de 1804 – después de cinco años de viaje – Alexander de Humboldt regresa con su material científico a París y es recibido y celebrado por diez mil personas. Entusiasmó y cautivó a la gente con su curiosidad y su saber.

Al viajar por el Nuevo Continente, hizo estudios sobre vulcanismo y la evolución de la corteza terrestre, así como sobre la diferencia de temperaturas en el océano Pacífico en distintas épocas del año. Su curiosidad científica no tenía límites.

Durante los últimos 25 años de su vida, se concentró principalmente en la redacción de «Cosmos»,una monumental visión global de la estructura del universo. Murió pobre, sin dejar herederos, en 1859. Sus herederos, sin embargo, somos todos: somos la humanidad, que no cesamos de repetir su nombre en cuanta escultura, piedra o fósil vamos erigiendo o descubriendo, soñando con que haya sobre la tierra más hombres como él, arrojados, trascendentes, destinados a ser grandes entre los grandes.

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