Hacer campaña hablando de impuestos

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(Segunda de dos partes)

La semana pasada hablábamos de los impuestos. Un tema que me parece de la mayor importancia, en función de todos los proyectos que se presentarán a discusión en los próximos meses.

La conclusión era que la baja recaudación de México no podía justificarse en función de que seamos un país pobre o de que haya corrupción, como se sugiere con frecuencia.

Y ese argumento lo ejemplificábamos con países como Argentina, que con un nivel de ingreso casi igual al de México, pagan 3 veces más impuestos que nosotros y con Nicaragua, que siendo un país en el que sus habitantes ganan el 20% en promedio de lo que ganan los mexicanos, pagan más del doble por concepto de impuestos.

Lo mismo sucede con el argumento de la corrupción. El indicador internacional más relevante en la materia, que es el Índice de Transparencia y Buen Gobierno, coloca a Argentina y a Nicaragua (y a muchos otras naciones que pagan mejor sus impuestos) como países más corruptos que México.

Pero no pagar impuestos en México es una decisión política que tiene su justificación en nuestro régimen autoritario y en la incapacidad de empujar un gobierno democrático.

Quien más pierde, ante la ausencia de un Estado de bienestar, son los que menos tienen, contradiciendo al mito del “nacionalismo revolucionario” en el que los impuestos perjudican a los más pobres.

También la semana pasada explicábamos como el 30% más rico de la población paga el 95% del ISR y en términos de gasto público, el 30% más pobre de la población recibe el 60% de esos recursos.

Sin embargo, los impuestos tienen otras características que los hace especialmente relevantes. Y es que no solo deben ser aceptados en la medida en que se recauden y gasten de forma justa (y transparente), sino que son un buen reflejo de la escala de valores de una sociedad y, además, logran modificarla con el paso del tiempo.

No estamos hablando de que haya impuestos que van a alegrar a quien los paga, pero sí de que hay impuestos justos.

Por ejemplo, los denominados IEPS (Impuestos Especiales a la Producción y Servicios) que gravan algunos artículos de lujo en México (el tabaco, el alcohol, la gasolina).

Estos impuestos son especialmente redistributivos. Por ejemplo: tres de cada cuatro pesos que se pagan por concepto de IEPS al alcohol y/o al tabaco, le cuestan al 40% más rico de la población.

Pero además, este tipo de impuestos tienen otros efectos muy importantes en la sociedad. Un reportaje reciente de la revista británica The Economist documenta que en los últimos 30 años, el consumo de tabaco entre los británicos bajó de un 45% a un 21%, en gran medida por los altos impuestos que fueron aplicados a esta droga legal.

También el planeta y nuestro medio ambiente pueden llegar a beneficiarse del uso correcto de los impuestos. El mismo reportaje de The Economist demuestra como mientras en el 2000 el rendimiento promedio de combustible en los automóviles nuevos en el Reino Unido era de 34,6 millas por galón, se ha dado un avance de un 30% en la última década, a 44 millas.

De hecho, a lo largo del tiempo los impuestos a este tipo de productos tienden a generar cada vez menos recursos para los gobiernos (los IEPS en Gran Bretaña suman el 4% del PIB pero hace una década sumaban el 7%). Y esa tendencia se da, esencialmente, por una buena razón: porque se modifican los patrones de consumo de la sociedad.

Los británicos han decidido fumar menos y contaminar menos, porque hay un costo asociado a hacerlo, y los beneficios para la salud pública y el medio ambiente, están fuera de discusión.

Esa es la otra razón por la que me parece un absurdo que haya políticos que quieran ganar votos a costa de no cobrar los impuestos al uso de automóviles y a los productos de lujo y/o que generan enfermedades degenerativas.

Aparte de corruptos (porque solapan utilidades injustificadas a empresas que sobornan legisladores) terminan causando un daño terrible. Para saber a lo que me refiero, solo hay que ver la gran cantidad de expendios de alcohol que operan en la zona Guadalupe-Fresnillo durante casi las 24 horas, a cambio de miserables cantidades que las compañías cerveceras pagan a los ayuntamientos por su ampliación de horario.

Cualquier familia que haya tenido que pagar la hospitalización de un ser querido por un accidente automovilístico, derivado del consumo de alcohol, sabe que no pagar impuestos termina siendo un muy mal negocio para todos. Porque, al final del día, alguien termina asumiendo los costos.

Por estas razones, en el 2012 hay que desconfiar de los políticos que pregonen la idea de “no más impuestos” en un país tan desigual. O son corruptos, o son ignorantes, o lo más probable: son las dos.

Necesitamos deshacernos de esos políticos y votar por estadistas que, como decía Otto Von Bismarck, piensen en la próxima generación y no en la próxima elección.

*Diputado local
[email protected]

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